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La advertencia de Maheta Molango sobre el Mundial de supervivencia

Maheta Molango ya no habla de fútbol como un juego de talento. Habla de resistencia. De cuerpos al límite. De un Mundial que, según el director ejecutivo de la Professional Footballers’ Association (PFA), se parecerá más a una prueba de “supervivencia del más fuerte” que a la culminación del sueño de cualquier futbolista.

No lo dice como una metáfora bonita. Lo dice como una amenaza real.

“Lo que debería ser la culminación de un sueño será la supervivencia del más apto. No está bien”, denuncia Molango, que lleva meses escuchando a jugadores agotados, lesionados y cada vez más frustrados con un calendario que no se detiene nunca.

Partidos ganados por los más frescos, no por los mejores

Molango va directo al núcleo del problema: el juego se está desvirtuando.

“Ya ves partidos que no los gana el mejor equipo, los gana el más en forma”, avisa. El fútbol de élite ha convertido a los futbolistas en “superhéroes” bien pagados, sí, pero tratados como si fueran inagotables. Y no lo son.

El dirigente alerta de un doble riesgo. Primero, el humano: carreras acortadas, lesiones graves, salud mental en la cuerda floja. Después, el negocio: “La gente pagará miles de libras para ver a jugadores ‘caminando’, en el mejor de los casos”. El producto que todos explotan se está vaciando por dentro.

Van Dijk, Szoboszlai, Rice: el precio de jugarlo todo

Los datos respaldan la sensación de agotamiento. Según Opta, 19 jugadores de la Premier League que ya han superado los 4.000 minutos esta temporada llegarán al Mundial con ese desgaste acumulado. De los 20 futbolistas con más minutos en las cinco grandes ligas europeas, 11 juegan en Inglaterra.

En la cima de esa lista aparece Virgil van Dijk, con 4.761 minutos. Muy cerca, su compañero en Liverpool, Dominik Szoboszlai, con 4.556. El inglés con más carga es Morgan Rogers, de Aston Villa, undécimo en el ranking con 4.382 minutos.

Newcastle, Crystal Palace, Arsenal o Nottingham Forest también colocan nombres en lo alto de la tabla, impulsados por la combinación letal de competiciones europeas y compromisos internacionales. El último informe de Fifpro sobre la carga de partidos, centrado en la temporada 2024-25 y el Mundial de Clubes ampliado, habla de campañas “inéditamente largas y congestionadas” y pide algo tan básico como cuatro semanas de descanso veraniego y parón invernal.

La advertencia ya sonó fuerte el pasado septiembre. Rodri, después de una temporada de 63 encuentros con Manchester City y la selección, aseguró que los jugadores estaban “cerca” de plantearse una huelga. Unas semanas después, se rompió el ligamento cruzado anterior.

Un calendario que solo sabe sumar

Mientras las piernas se resienten, el calendario solo crece. FIFA y UEFA han sido señaladas por estirar el Mundial, el Mundial de Clubes y la Champions League, y por añadir la Conference League. En Inglaterra, se han eliminado los ‘replays’ de la FA Cup, pero se mantiene la League Cup. Se quita por un lado, se añade por otro.

Molango cuenta la conversación reciente con un jugador: “No bebo, no salgo, no podría hacer más para estar en forma y, aun así, estoy lesionado”. Ese futbolista le recordó una visita de hace dos años, cuando el sindicato ya alertaba del calendario: “Nos escuchamos, pero… tenías razón”.

En algún momento de esta temporada, en Inglaterra, el debate interno llegó a un punto crítico. “Hubo una ocasión en la que me dijeron: ‘¿Deberíamos pensar en hacer algo?’”, relata. El problema es que el foco casi nunca se pone en las competiciones domésticas, a pesar de que son “el pan de cada día” de la mayoría de los jugadores y la principal fuente de sus ingresos.

Durante años, dice, los futbolistas “han bailado al son de otros”. Esa docilidad se está acabando.

El precedente de La Liga: “No vamos”

Molango recuerda un ejemplo que, para él, debería haber sacudido al fútbol mundial: el intento de La Liga de llevar un partido oficial a Miami. El plan estaba trazado, la maquinaria comercial en marcha… hasta que los jugadores dijeron basta.

“La Liga ha hecho un trabajo fantástico durante años”, concede. Pero cuando llegó el momento, los futbolistas respondieron: “No vamos”. No hubo viaje. No hubo partido. No hubo espectáculo.

“Si hay una liga con un liderazgo fuerte, es La Liga. Y aun así no hubo partido porque los jugadores se dieron cuenta de que ellos son el producto. Puedes vender entradas, pero si no vamos, no hay juego”.

Ese episodio, sostiene, debería haber sido una llamada de atención global: sin jugadores, no hay negocio. Sin ellos, no hay nada que vender.

Calor extremo y horarios imposibles: el otro enemigo

La sobrecarga no solo se mide en minutos. También en condiciones. Molango estuvo el verano pasado en la Premier League Summer Series en Estados Unidos y salió alarmado.

Cuenta un partido en Filadelfia, a las 15:00: “Con esas temperaturas, no podía ni respirar”. Los encuentros se disputaban uno tras otro, y la diferencia entre el primero y el último del día era “como la noche y el día”.

Los testimonios de los propios jugadores refuerzan esa sensación. Varios le confesaron que no podían respirar, que el césped estaba seco, abrasado, porque eran campos pensados para fútbol americano. “Vas a Atlanta y el césped está tan seco… y no están jugando NFL”, describe.

En el último Mundial de Clubes, Enzo Fernández calificó las temperaturas de “increíbles” y “peligrosas”, y admitió que se sentía “muy mareado”. Molango reconoce que FIFA escuchó en parte las quejas sobre horarios y sedes, pero avisa: las preocupaciones siguen vivas de cara a este verano.

Un vestuario unido: de Kane a Bellingham, pasando por la base

La fuerza de la PFA, recuerda Molango, reside en algo poco habitual en un sindicato: reúne a millonarios de élite y a jugadores de League One o League Two bajo la misma bandera. Y los primeros, los que llenan estadios y portadas, no viven ajenos a la realidad de la pirámide.

“Hay que recordar que la mayoría vienen de abajo”, insiste. Harry Kane pasó por Leyton Orient. Kyle Walker conoce el fútbol de base. Declan Rice fue rechazado en una academia antes de consolidarse. Jude Bellingham jugó en Championship con Birmingham City. No hace falta explicarles lo que está en juego.

“Lo entienden. No es solo una lucha por ellos, también por lo que viene después”, apunta. Le inspira una frase que escuchó a las Lionesses: “Queremos dejar la camiseta en un lugar mejor”. Nombres como Kim Little o Leah Williamson, dice, no piensan solo en su carrera, piensan en el legado.

Molango habla de capitanes que le llaman aunque ni siquiera sean titulares habituales. Ocurre en equipos masculinos y femeninos. Ese compromiso, subraya, demuestra que los futbolistas han dejado de ser el “eslabón más débil”. “Son el más fuerte”.

Rice y una temporada de 70 partidos… sin compasión

En ese contexto, Molango pone un nombre propio sobre la mesa: Declan Rice. El centrocampista de Arsenal se encamina hacia una temporada de hasta 70 partidos entre club y selección. A sus 27 años, ya acumula 4.246 minutos en todas las competiciones, décimo jugador de la Premier League con más carga y segundo inglés tras Morgan Rogers.

Y, sin embargo, el dirigente de la PFA es tajante: Rice no recibirá compasión si llega fundido al Mundial. “¿Quién tendrá simpatía por Declan Rice? Todos olvidan los 68 partidos. Si tiene suerte, puede llegar a 68 incluso antes del Mundial. ¿Quién recuerda eso? Nadie. Estarán ocupados diciendo: tenemos que ganar el Mundial”.

Ahí está el choque frontal entre la exigencia externa y la realidad física. Nadie quiere oír hablar de descanso cuando la meta es levantar un trofeo.

Límites claros: 50-60 partidos y un mes de descanso

La PFA no se limita a quejarse. Plantea cifras concretas: un máximo de 50 a 60 partidos por año, con un tope de 45 encuentros consecutivos sin un corte real. Y, como mínimo, un mes de descanso cada verano.

La respuesta que reciben es siempre la misma: “El calendario está bloqueado hasta 2030”. Bloqueado para reducir, pero nunca para añadir. Cuando se trata de meter más partidos, siempre hay hueco.

“Esto no funciona así. Lo quieren todo: gente en los estadios, derechos de televisión, más competiciones”, protesta Molango. Para él, las autoridades “subestiman enormemente” hasta qué punto han cambiado los jugadores. Ya no son figuras aisladas, son un colectivo organizado que entiende su valor.

El fútbol, fuera del centro de su propio negocio

Molango utiliza una comparación que golpea de lleno en la industria: “Es como si Apple tuviera una reunión de su consejo y hablara de todo sobre el próximo iPhone… menos del iPhone”. En el fútbol, sostiene, pasa lo mismo: se discute sobre sedes, formatos, ingresos, audiencias, pero casi nunca sobre lo que ocurre en el césped.

“Necesitamos volver a poner el fútbol en el centro del juego”, reclama. No es una frase hecha: es la base de su batalla. Si el producto se degrada, si los mejores llegan rotos a los grandes torneos, si los partidos se deciden por quién aguanta de pie y no por quién juega mejor, el espectáculo pierde sentido.

Los jugadores han empezado a levantar la voz. Ya han demostrado que pueden decir “no vamos” y parar un partido en Miami. Ya han amenazado con huelgas. Ya se organizan, se llaman, se coordinan.

La próxima vez que alguien mire un calendario saturado y piense en otro torneo, otra gira, otro partido amistoso en pleno verano, la pregunta será inevitable: ¿hasta cuándo aguantarán los que realmente sostienen este negocio?