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Cristiano Ronaldo y su historia en Mundiales

El primer grito de Cristiano Ronaldo en un Mundial llegó en 2006, en Alemania, cuando todavía era un extremo eléctrico más preocupado por el desborde que por las cifras goleadoras. Tenía 21 años, pidió la pelota con una seguridad impropia de su edad y convirtió de penal ante Irán el 2-0 definitivo. Se convirtió en el goleador más joven de la historia de Portugal en la Copa del Mundo. Y, sin embargo, fue su único tanto del torneo.

Aquel Mundial no se midió por sus goles, sino por su carácter. Portugal terminó cuarta tras caer en semifinales ante Francia, pero el ruido no venía del vestuario luso, sino de Inglaterra. El cruce de cuartos ante los Three Lions dejó una imagen que marcó su reputación: la expulsión de Wayne Rooney y el famoso guiño de Ronaldo hacia el banquillo.

Cada vez que tocaba el balón en la semifinal contra Francia, el estadio lo silbaba. Se le acusaba de haber presionado al árbitro para que mostrara la roja a su compañero del Manchester United. Steven Gerrard fue tajante: dijo que se sentiría “absolutamente disgustado” si un compañero suyo hacía algo así. Frank Lampard remató la idea: no era “bonito” ver a un futbolista intentar que expulsaran a un rival… que además compartía vestuario con él en su club.

Ronaldo defendió su actuación. No convenció a todos. El grupo de estudio técnico de la FIFA eligió a Lukas Podolski como mejor joven del torneo y dejó fuera al portugués apelando a la deportividad. Holger Osieck, cabeza del grupo, lo explicó sin rodeos: el comportamiento cuenta, los jugadores deben ser modelos de conducta. El talento no bastaba.

El peso del brazalete

Cuatro años después, en Sudáfrica 2010, Cristiano ya llevaba el brazalete. Portugal tenía capitán, bandera y foco en la misma figura. Y el golpe fue duro. Solo marcó una vez, el sexto tanto en la goleada 7-0 a Corea del Norte, y rompió así una sequía de 16 meses sin anotar con la selección. Pero la realidad del torneo se resumió en una frase: eliminado en octavos por España, 1-0, sin apenas respuesta ofensiva.

Tras el partido, Ronaldo habló de “tristeza inimaginable”. En Portugal, la lupa se acercó aún más cuando las cámaras le captaron diciendo: “¿Cómo puedo explicar esta derrota? Pregúntenle a Carlos Queiroz”. Sonó a reproche. Sonó a dardo.

El propio Ronaldo trató de matizar después: aseguró que no faltó al respeto a su seleccionador, que solo remitía a la rueda de prensa oficial. Recordó que era humano, que sufría, que como capitán asumía sus responsabilidades. Pero Queiroz también marcó territorio: dijo que nunca toleraría a nadie que se colocara por encima de los intereses de la selección. Y dejó una frase que pesó: “Portugal necesita a Ronaldo, y Ronaldo necesita a la selección. Pero si esta camiseta pone nervioso a algunos jugadores, no tienen motivos para estar aquí”.

El brazalete ya no era solo un símbolo. Era una carga.

Brasil 2014: el cuerpo no acompaña

Rumbo a Brasil, Ronaldo prácticamente cargó solo con la clasificación: marcó los cuatro goles de Portugal en la repesca ante Suecia. Llegó al Mundial con dudas físicas, molestias en rodilla y muslo, pero aseguró estar “al 100%”. El campo contó otra historia.

Desaparecido en el 4-0 ante Alemania, intermitente en el 2-2 contra Estados Unidos –aunque asistió a Silvestre Varela en el empate agónico– y decisivo pero insuficiente con su gol ante Ghana en el 80’, que no evitó la eliminación en fase de grupos. Terceros en el Grupo G, fuera antes de tiempo.

Las críticas apuntaron, inevitablemente, al capitán. Falló ocasiones que en otras circunstancias habría convertido con los ojos cerrados. Paulo Bento, sin embargo, blindó a su estrella: rechazó personalizar la responsabilidad, asumió los errores como colectivos y propios. “Cristiano suele ser muy eficaz, pero de repente no pudo serlo”, admitió, sin permitir que el foco se quedara solo en él.

El Mundial seguía siendo un escenario incompleto para Ronaldo. Brillaba a ratos, pero sin la continuidad ni el impacto definitivo que se esperaba del mejor del mundo.

Rusia 2018: la noche perfecta que no alcanzó

En Rusia, el arranque fue de película. Hat-trick ante España en un 3-3 vibrante, con su primer gol de falta en un gran torneo de selecciones. El tercero, en los minutos finales, fue un acto de voluntad pura: carrera, respiración contenida, golpeo perfecto por encima de la barrera. Un punto que supo a victoria.

Ronaldo habló de récord personal, pero se apresuró a subrayar el trabajo del equipo. Habían jugado contra uno de los grandes favoritos y resistido. Portugal, pensó más de uno, por fin tenía a su líder en modo devastador en un Mundial. La realidad fue menos amable.

La fase de grupos lo llevó a octavos, sí, pero ahí se frenó todo. Derrota 2-1 ante Uruguay en Sochi, sin goles ni asistencias de su capitán en la fase de eliminación. Tenía 33 años. Muchos se preguntaron si era su última aparición mundialista.

Él esquivó la respuesta. Dijo que no era el momento de hablar de futuro, pero defendió la fortaleza del grupo, la ambición, el talento joven. Portugal, insistió, seguiría entre las mejores selecciones del mundo. Él no cerraba la puerta, pero tampoco la abría de par en par.

Qatar 2022: el ocaso público

Qatar llegó envuelto en ruido. Su segunda etapa en Manchester United había terminado de manera caótica, con declaraciones incendiarias y una ruptura total con el club. El Mundial se presentaba como la última gran oportunidad para reescribir el relato. Para cerrar el círculo con el único gran trofeo que le faltaba.

El desenlace fue muy distinto al soñado. Marcó en su debut, de penalti ante Ghana, y poco más. Se irritó al ser sustituido en la sorprendente derrota ante Corea del Sur. Su lenguaje corporal se convirtió en tema de debate diario. Fernando Santos, pragmático, decidió sentarlo en los octavos de final ante Suiza. La apuesta salió redonda: 6-1 y hat-trick de Gonçalo Ramos, su sustituto.

Los rumores explotaron: se habló de amenazas de abandonar la concentración, de tensiones internas. Ronaldo respondió al día siguiente con un mensaje en redes sociales. Aseguró que su dedicación a Portugal nunca había flaqueado, que siempre fue “un jugador más” luchando por el objetivo común, que jamás daría la espalda a sus compañeros ni a su país.

El Mundial terminó para Portugal en cuartos, derrotada por Marruecos. Ronaldo, suplente otra vez, se marchó al vestuario entre lágrimas, directo al túnel, sin mirar atrás. Días después, confesó que el sueño mundialista había terminado. Cinco Mundiales, 16 años, todo entregado, pero sin la copa en las manos.

El veredicto general fue implacable: a los 37 años, su tiempo en la élite parecía agotado. Solo un gol en Qatar, de penalti. Ningún impacto real en los cruces. Para muchos, la historia estaba escrita.

“I’m back”: el último desafío

Y, sin embargo, Ronaldo volvió a aparecer en otro Mundial, esta vez con 41 años. Después de un estreno gris ante RD Congo, con críticas por su falta de peso en el juego, el partido contra Uzbekistán cambió el tono. Portugal ganó 5-0 y él marcó dos goles. Al sonar el pitido final, se giró hacia la cámara más cercana y lanzó un grito: “I’m back! I’m back!”.

El mensaje era claro. La pregunta, inevitable: ¿de verdad?

Uzbekistán, número 60 del ranking mundial, no era el termómetro ideal. Y el tiempo dio la razón a los cautos. Ante Colombia, en Miami, Ronaldo volvió a sufrir. No encontró espacios, no tuvo incidencia en el marcador y Portugal se atascó en un 0-0 que le entregó a los cafeteros el primer puesto del Grupo K.

El castigo en el cuadro fue inmediato: cruzarse ahora con Croacia. Un equipo veterano, con Luka Modric al mando, que ya no tiene el brillo de 2018 pero conserva oficio, colmillo y una resistencia casi obstinada a desaparecer de los grandes escenarios.

En el fondo, la descripción encaja también con Ronaldo. Ya no es el atleta imparable de hace una década, pero sigue encontrando la portería. Lo ha vuelto a hacer en este Mundial. Lo que no ha conseguido nunca es marcar en una fase de eliminación directa de la Copa del Mundo.

Esa es la cuenta pendiente. Esa es la última frontera.

Croacia espera. El reloj corre. Y el balón, una vez más, parece buscar el mismo destino de siempre: los pies de Cristiano Ronaldo. ¿Será esta, por fin, la noche en la que el Mundial deje de ser su gran excepción?

Cristiano Ronaldo y su historia en Mundiales