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Dublin y su caída: un gigante cansado en la Round 2B

La resaca de la cuarta derrota seguida en casa dejó a Dublin aturdido, pero el sorteo de la Round 2B les tendió casi la mejor mano posible. Cavan. Ni un gigante, ni un regalo. Un rival que, al menos, llega con algo de pulso tras llevar a los campeones de Leinster de Westmeath al límite fuera de casa.

Sobre el papel, Dublin debería pasar. Esa era la frase automática durante más de una década. Hoy ya no vale. No con un equipo que se desangra atrás, que pierde fuelle a medida que avanza el reloj y que ha visto cómo el aura, el ruido y hasta la masa azul que lo acompañaba por todo el país se han ido evaporando.

Un gigante cansado y un estadio que ya no aprieta

Dublin ya sabe lo que es hacer daño en Kingspan Breffni. Hace un par de años, en fase de grupos, firmó allí una goleada. Era otro tiempo. Otro vestuario. Otro ambiente. Ahora, el viaje lejos de Croke Park casi suena a alivio.

Porque Croker, ese escenario que durante años amplificó su poderío, hoy parece más un escaparate de sus debilidades. Las grandes dimensiones castigan a un equipo envejecido, con menos piernas para cerrar espacios y menos energía para sostener la presión durante 70 minutos.

Y luego está el silencio. O, peor, el vacío. Unas 16.000 personas en el último partido en casa. Para Dublin, en Croke Park, es una cifra que duele. Más aún si se tiene en cuenta que una porción respetable de esa asistencia llevaba los colores de Louth. Nada que ver con el circo ambulante que rodeaba al equipo en los años de nuestras batallas con ellos, cuando cada salida era un acontecimiento y cada tarde en Croker parecía una final.

En la época de Pillar Caffrey ya llenaban estadios, incluso antes de encadenar All-Irelands. Había una sensación clara: iban hacia arriba, estaban construyendo algo. Ahora, en cambio, la impresión es la contraria. Se han saciado de títulos y el gráfico apunta hacia abajo.

El ciclo que se rompe

Para los que jugamos en la década de 2010, esta caída tiene un punto agridulce. Nos pasamos años oyendo que el dominio de Dublin sería eterno, una especie de ley natural inamovible. Nunca lo fue. El deporte no funciona así.

Mantener una hegemonía es casi imposible. Y ellos la sostuvieron más que nadie. Pero al final, las grandes plantillas se deshacen, las figuras se marchan, las generaciones doradas dejan paso a grupos más verdes, menos dotados. Mientras tanto, los rivales trabajan, aprenden, se adaptan. Su hambre crece justo cuando el tuyo se apaga.

Es una constante en cualquier dinastía deportiva. Y Dublin no iba a ser la excepción.

Además, la famosa “máquina” de cantera dublinesa ya no ruge como antes. Todos conocíamos de memoria la hornada de Ciarán Kilkenny, Jack McCaffrey y compañía, aquel grupo que irrumpió a principios de la década pasada y cambió el mapa. En los últimos años, en cambio, los títulos juveniles escasean, incluso a nivel provincial, no digamos en All-Ireland.

Nuevas reglas, viejo equipo

A ese desgaste se le sumó un golpe de calendario: la llegada del nuevo reglamento en un momento crítico. Muchos de los grandes nombres de la década pasada estaban ya en la recta final de sus carreras. Los jóvenes, mientras tanto, aún no estaban listos para ocupar su lugar.

El viejo núcleo había perfeccionado el juego bajo las normas anteriores al FRC. De repente, el tablero cambió. Y cambió justo cuando Dublin menos margen tenía para adaptarse. Para ellos, el timing fue el peor posible.

Aun así, conviene matizar. Cuando engrana, su ataque sigue siendo capaz de volar. En la primera parte del último encuentro, cuando encontraron ritmo, movieron el balón con fluidez. Con Con O'Callaghan en estado de gracia, el frente ofensivo recordó por momentos a sus mejores días.

Ya han firmado un par de primeras mitades notables este año, sobre todo en liga ante Roscommon y Armagh. El problema llega después. No logran sostener ese nivel durante los 70 minutos. La gasolina se acaba. Las piernas pesan. La estructura se resquebraja.

En la banda, al menos, regresará Ger Brennan tras una sanción durísima por su rifirrafe en Pearse Stadium. En el entorno se especulaba con que ese castigo, sumado al malestar por los comentarios recientes de Niall Moyna, podría servir de combustible emocional. Una ofensa que uniera al vestuario. El domingo pasado no se vio nada de eso.

Una defensa que se encoge

El verdadero drama está atrás. La defensa de Dublin se ha vuelto extremadamente vulnerable. Cada vez que un rival decide correrles de frente, el pánico se instala. Se percibe nerviosismo, indecisión, una inseguridad que contagia cada acción.

El gol decisivo de Craig Lennon en los últimos minutos fue el símbolo perfecto de ese derrumbe. Una diana durísima de encajar para cualquier equipo que aspire a algo serio. Y, sí, se puede decir ya: cuando un rival encadena ataques contra ellos, se abren más que Mayo. Y eso no es decir poco.

Mayo, al menos, aprovechó la ruta de los ganadores para llegar a la Round 2. Aunque lo hizo a su manera: con otro segundo tiempo de montaña rusa que volvió a dejar al descubierto sus propias grietas defensivas. Un partido disparatado, pero casi lógico si se mira quiénes estaban sobre el césped.

Mayo, entre el espectáculo y el vértigo

La primera parte fue casi perfecta para Mayo. Ryan O'Donoghue y Kobe McDonald se dedicaron a clavar dos-pointers de museo, uno tras otro. El viento soplaba con fuerza, sí, pero la ventaja parecía más que suficiente.

A mitad del segundo tiempo, esa sensación se reforzaba. Monaghan acumulaba ocasiones de gol desde el arranque de la reanudación y nadie entendía cómo seguía tan atrás en el marcador. Jack Livingstone, en su debut, firmó una actuación sobresaliente, de hombre del partido. Al menos para mí. Me llevaron la contraria, pero su portería seguía inexplicablemente intacta.

Hasta que apareció Bobby McCaul. Una arrancada, un golpe seco y el balón a la red. Desde ahí, el último cuarto se convirtió en un caos.

Mayo gestionó el final con muy poca brillantez. Se puede conceder cierto margen: enfrente estaba Monaghan, un equipo con una dosis de locura y valentía que descompone a cualquiera en los minutos calientes.

Todo se decidió en la última jugada, con Kobe McDonald capturando un balón en el centro del campo que permitió, por fin, respirar. En la banda, Andy Moran mostraba una mezcla de alivio y desconcierto. En la grada, los aficionados de Mayo salían del estadio con más dudas que certezas.

La próxima parada será Omagh. El año pasado, Mayo ya fue capaz de ganar allí a Tyrone, aunque aquella victoria no bastó para salvar su camino. Como siempre con ellos, la guía de forma sirve de poco. La única certeza es que, entre un Dublin que se desangra y un Mayo que vive al borde del colapso, el verano promete más preguntas incómodas que respuestas tranquilizadoras.