Egipto hace historia en el Mundial: penaltis y emoción ante Australia
Egipto ya tiene su noche para siempre. En Texas, bajo el techo y el aire acondicionado de la casa de los Dallas Cowboys, los Faraones se metieron por primera vez en su historia en los octavos de final de un Mundial masculino. Lo hicieron a la manera más cruel y más inolvidable: 4-2 en los penaltis ante una Australia tozuda, después de un 1-1 agotador tras 120 minutos.
El último disparo fue de Hossam Abdelmaguid. Un chico con todo el peso de un país sobre los hombros. Respiró, miró al portero y colocó la pelota donde no se llega. En cuanto la red se infló, Mohamed Salah se derrumbó en lágrimas de alegría. Australia, en cambio, se quedó clavada, rota, con la mirada perdida.
Un partido tenso, un héroe inesperado
El guion no parecía escrito para Abdelmaguid, ni mucho menos. Durante casi toda la noche, el foco apuntó a Salah, capitán y símbolo, aunque lejos de su mejor versión tras la lesión muscular que arrastraba del último partido. Falló ocasiones, se le vio incómodo, incluso irreconocible por momentos. Pero en la tanda, cuando el silencio pesaba más que el calor texano, se plantó en el punto de penalti y ejecutó el suyo con una frialdad quirúrgica.
Antes de ese desenlace, el duelo había sido una batalla de nervios. Egipto golpeó primero. Minuto 13: centro preciso de Karim Hafez desde la izquierda y aparición de Emam Ashour en el segundo palo, entrando solo, castigando el despiste de Nestory Irankunda. Un cabezazo seco para el 1-0 y su segundo gol del torneo. El plan de Hossam Hassan parecía perfecto: ventaja temprana y un rival obligado a atacar pese a su escasa pólvora, solo dos tantos en la fase de grupos.
Australia reaccionó más por empuje que por claridad. Cristian Volpato avisó muy pronto, estrellando un disparo en la parte alta del larguero cuando apenas habían pasado cinco minutos. Fue un recordatorio de que los Socceroos no pensaban resignarse. Egipto, que ya había roto su maldición mundialista con el 3-1 a Nueva Zelanda en la fase de grupos, se mostró nervioso atrás, con dudas en la salida y en las vigilancias.
El primer tiro a puerta australiano no llegó hasta diez minutos antes del descanso, un disparo flojo de Aziz Behich a las manos de Mostafa Shobeir. El guardameta egipcio, hijo de Ahmed Shobeir —portero en el Mundial de 1990—, apenas tuvo trabajo en esa primera mitad, pero la sensación de fragilidad defensiva de su equipo no desaparecía.
El tramo final del primer tiempo dejó la acción más dura del encuentro: Jordan Bos, uno de los jugadores más rápidos del torneo, terminó en el césped tras un vuelo brusco provocado por una entrada de Rabia. El carrilero no pudo seguir y se quedó en el vestuario, sustituido al descanso por Kai Trewin, un golpe serio para el plan físico de Tony Popovic.
Australia aprieta, Hany se equivoca, el partido se rompe
Nada más salir del descanso, Egipto tuvo la ocasión de sentenciar. Omar Marmoush, atacante del Manchester City, se encontró con la pelota franca en el área y la cruzó mal, fuera, desde muy cerca. Un fallo enorme. Y el fútbol, casi siempre, cobra estos errores.
El empate llegó en una acción que dolerá mucho tiempo en la memoria de Mohamed Hany. Falta lateral botada por Australia, balón cerrado, mucha gente en el área, y el lateral egipcio, presionado, cabeceó contra su propia portería. 1-1. Segundo autogol de Hany en este Mundial. El golpe psicológico fue evidente.
El partido cambió de tono. Egipto, que había controlado el marcador, empezó a sentir el miedo a perderlo todo. Australia, en cambio, se creció. Ambos equipos sabían lo que estaba en juego: ninguno había ganado jamás un partido de eliminatoria en un Mundial masculino. Cada balón dividido sonaba a historia.
Con el paso de los minutos, Egipto volvió a asentarse. Más balón, más presencia en campo rival. Salah seguía sin encontrar su ritmo, pero aparecía a ráfagas. En el tiempo añadido del segundo tiempo, participó en la jugada que terminó con un remate de Ramy desviado por una parada felina de Patrick Beach. Esa mano del portero australiano empujó el duelo a la prórroga.
Prórroga de desgaste y destino desde los once metros
En el tiempo extra, las piernas pesaron y las ideas se apagaron. Egipto terminó los 90 minutos con más energía y lo confirmó en la prórroga. Salah tuvo una ocasión clara con su pierna derecha, la menos hábil, pero su disparo salió muy por encima. La sensación era clara: el partido caminaba hacia los penaltis, casi por inercia.
Hossam Hassan miraba al banquillo, Popovic también. El seleccionador australiano decidió jugar su carta más arriesgada: metió en el tramo final al veterano Mathew Ryan, especialista en penaltis, en un movimiento desesperado pero lógico. El estadio rugía, con mayoría egipcia en las gradas de los 70.000 espectadores presentes.
No hubo más concesiones. Sin diferencias en el juego ni en el marcador, llegó el momento de la verdad.
La tanda: gritos, silencio y lágrimas
Los penaltis se lanzaron hacia el fondo teñido de rojo, blanco y negro. Silbidos, tambores, banderas. El ambiente pesaba. Y el primero en sentirlo fue Harry Souttar. El central australiano, encargado de abrir la tanda, mandó su disparo por encima del larguero. Un error brutal que colocó de inmediato a los Socceroos contra las cuerdas.
Después de ese fallo, llegaron cinco lanzamientos perfectos. Ejecutores seguros, sin titubeos. Entre ellos, Salah, que se tomó su tiempo, engañó a Beach y confirmó que, cuando la pelota se coloca en el punto blanco, su jerarquía sigue intacta.
Entonces apareció otro chaval, Lucas Herrington, 18 años, defensa, rostro de niño en un escenario gigantesco. Tomó carrera y golpeó fuerte. Demasiado fuerte. El balón se estrelló en el larguero y salió despedido. Australia se desplomaba, Egipto veía la puerta de la gloria abierta de par en par.
Quedaba el último paso. Abdelmaguid caminó hacia el balón con una calma engañosa. No tembló. Ajustó su disparo, marcó y desató el delirio. Salah se echó a llorar. Los suplentes invadieron el campo. Los aficionados egipcios, muchos de ellos emigrantes que han esperado toda una vida por una noche así, cantaron como si el techo del estadio fuera a venirse abajo.
Australia, mientras tanto, se quedó tendida sobre el césped. Popovic, inmóvil en la banda, sabía que su apuesta con Ryan no había sido suficiente. Su equipo había rozado la hazaña, pero se quedó sin premio.
Egipto, ante el reto supremo
El premio de Egipto es gigantesco y, al mismo tiempo, aterrador: en Atlanta le espera el ganador del duelo entre Argentina y Cabo Verde. Si los campeones del mundo evitan la sorpresa, el próximo capítulo enfrentará a Salah con Lionel Messi en un cruce de octavos que promete una carga emocional brutal.
Los Faraones ya han hecho historia. Han ganado su primer partido en una fase final de Mundial, han superado por primera vez una ronda de eliminación directa y han demostrado que saben sufrir, incluso cuando su estrella no brilla como de costumbre.
La pregunta ahora es otra: con este impulso, con un vestuario que ya sabe lo que es ganar un cara o cruz, ¿hasta dónde se atreve a soñar Egipto en esta Copa del Mundo?





