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Gabriel y su camino entre la gloria con Arsenal y la cicatriz de la Champions

Gabriel todavía ve el balón volar. El penalti que se marchó, la noche en la que el sueño del doblete de Arsenal se rompió en la tanda contra PSG tras el 1-1 en el tiempo reglamentario. Una final de Champions decidida desde los once metros, y él en el foco más cruel.

Semanas después, lejos del ruido de Londres y de la resaca europea, el central habla desde otro escenario gigantesco: el Mundial, concentrado con la selección de Brasil antes del duelo contra Haití. El contexto ha cambiado, la herida no del todo. Pero su discurso va en otra dirección.

«No puedo quejarme», admite. No suena a frase hecha, sino a balance frío de una temporada que le ha cambiado la carrera.

Con Arsenal, Gabriel firmó un curso de élite. Sostuvo la defensa, lideró un equipo que rompió una sequía de 22 años para levantar por fin la Premier League. Campeón de Inglaterra y finalista de la Champions en la misma temporada: el salto a la primera línea es innegable.

La noche de la final, sin embargo, el fútbol le recordó su lado más despiadado. Le tocó asumir responsabilidad en la tanda. Falló. PSG levantó el trofeo. El doblete de Arsenal se quedó en un suspiro.

Él no rehúye ese momento: «Tuve una temporada muy buena con Arsenal. Logramos el título de la Premier League después de 22 años y llegamos a la final de la Champions. Cuando te toca tirar un penalti, hay consecuencias, pero estoy muy feliz de estar aquí y de representar a mi país».

La frase resume su presente: una cicatriz reciente, sí, pero también la sensación de estar en el punto más alto de su carrera, enfocado en la camiseta amarilla de Brasil.

El abrazo que cambió la escena

En medio del drama de la final, con el estadio dividido entre la euforia parisina y la desolación gunner, hubo una imagen que pasó rápido en televisión, pero que para Gabriel pesa más que cualquier repetición del penalti: el abrazo de Marquinhos.

Capitán de PSG, compañero de selección, rival directo esa noche. El brasileño tuvo la oportunidad de perderse en la celebración francesa. No lo hizo.

«Fue un momento de tristeza para mí», recuerda Gabriel. «Lo primero que hizo él no fue celebrar, sino darme un abrazo. Lo que puedo decir es que me dio todo su apoyo».

Ese gesto, en el epicentro del dolor, dejó huella. No en las estadísticas, sí en la memoria del central de Arsenal.

«Estoy con él en la selección desde hace dos o tres años, y aprendo cada día cuando estoy a su lado. Soy fan de él como persona y como jugador. Mi cariño por él creció aún más después de la final de la Champions».

En un fútbol que suele devorar rápido los errores y glorificar solo al ganador, Gabriel se aferra a esa escena como contrapeso. Un compañero que aparca la euforia para sostener al que falla. Un líder que entiende que la próxima batalla será juntos, con Brasil, no enfrente.

Ahora, el defensor encara el Mundial con un currículo reforzado y una lección reciente de crueldad competitiva. Viene de tocar el cielo en la Premier, de rozar la cima europea y de fallar en el momento más visible. Llega a la selección con todo eso a cuestas.

La pregunta ya no es qué pasó en aquel penalti. La verdadera incógnita es qué hará Gabriel con esa cicatriz cuando el próximo gran partido de Brasil dependa, otra vez, de un solo gesto.

Gabriel y su camino entre la gloria con Arsenal y la cicatriz de la Champions