Logotipo completo Cancha Directa

México celebra el debut del Mundial 2026: fiesta y goles en la ciudad

La noche anterior al debut ya lo anunciaba todo.

Las prisas de última hora por comprar playeras de México a los vendedores ambulantes que copaban las banquetas. Las primeras caravanas rumbo al Ángel de la Independencia, convertido en santuario tricolor. Los cantos, los bailes, los claxons desatados hasta la madrugada. Si así se vivía la víspera del primer partido del Mundial, lo que venía después solo podía ser más grande.

Paseo de la Reforma convertido en fiesta mundialista

La selección hizo su parte. México derrotó 2-0 a Sudáfrica en el duelo inaugural de este Mundial repartido entre México, Canadá y Estados Unidos. A partir de ahí, la ciudad se entregó sin freno.

Paseo de la Reforma dejó de ser avenida para transformarse en una romería futbolera. Casi un fan fest espontáneo. Lluvia de cerveza, espuma en aerosol simulando nieve, interminables filas de conga y trofeos de plástico levantados como si se tratara del original.

El menú se completó con antojitos, botanas, puestos de recuerdos y una marea de luces fluorescentes, todo envuelto por un concierto gratuito que empujó a la multitud a seguir cantando cuando el partido ya era recuerdo. Para quien no conoce México, semejante despliegue podría parecer exagerado para un simple estreno de fase de grupos. Aquí es costumbre. Cada vez que la selección masculina firma una victoria importante, la ciudad sabe a dónde ir.

El Ángel, ese monumento en una glorieta eternamente congestionada, se convierte en el equivalente local de una plaza mayor deportiva. Un punto de encuentro donde la resistencia para festejar hasta el amanecer parece inagotable.

80 mil gargantas, un cabezazo y un chico de 17 años

Horas antes, los alrededores del estadio ya hervían. Grupos de danzantes y músicos tradicionales recibían a los aficionados, mezclando folclor con camisetas verdes y banderas ondeando sin orden ni pausa.

Dentro, el ruido se volvió otra cosa. Frenético. Aplastante. Las 80 mil personas corearon la ceremonia de apertura, pero se rindieron en especial ante la figura de Shakira, convertida de nuevo en reina del torneo. Sin embargo, los gritos que se sienten en el pecho se reservaron para lo que realmente importa: los goles.

El cabezazo de Raúl Jiménez, años después de aquella terrible lesión en la cabeza, desató una explosión emocional difícil de contener. No fue solo un tanto. Fue una especie de reivindicación personal y colectiva. Un “aquí seguimos” que atravesó gradas y banquillos.

Casi al mismo nivel se colocó el rugido que acompañó la entrada de Gilberto Mora, 17 años, señalado ya como el próximo gran rostro del futbol mexicano. Apenas pisó la cancha en la segunda parte y el estadio entero empezó a corear su apellido. No es un recibimiento cualquiera. Es el tipo de bienvenida que el público reserva para quien percibe como futuro símbolo.

Aguirre, las piernas temblorosas y los calambres

Javier Aguirre, hombre que sabe lo que significa un Mundial en casa porque jugó el de 1986, describió con crudeza lo que vivieron sus futbolistas.

“El inicio del Mundial es un escenario brutal, te hace temblar un poco las piernas”, reconoció. Desde el centro de entrenamiento hasta el estadio, la ruta va escoltada por aficionados, banderas, gritos. Ese baño de fervor, dice, golpea al jugador: “Wow, wow, wow”.

La prueba estuvo en el físico. “En 25 partidos nunca habíamos tenido un solo caso de calambres; hoy tuvimos tres”, subrayó. No fue casualidad. Fue tensión, adrenalina, el peso de un país entero empujando desde la grada. “Es un estado emocional muy fuerte”.

Aguirre sabe que ahora toca enfriar la cabeza. El plantel debe bajar la espuma, recuperar piernas y preparar el siguiente duelo de grupo. La hinchada, en cambio, se niega a ponerle tapa al volcán.

“Significa todo. Significa mucho”, decía un aficionado, todavía con la voz tomada por los cánticos. “Nos vuelve a poner en el mapa. Demuestra que México está presente en el mundo del futbol”. Esa sensación, más que el marcador, es lo que sostiene la euforia.

Infantino pide “chillax” y el balón responde

En los despachos también hubo alivio. El presidente de FIFA, Gianni Infantino, venía de quejarse de las críticas que han rodeado al torneo. En un intento de rebajar la tensión, apeló a un término casi adolescente de principios de siglo: pidió a todos “chillax”.

Con el silbatazo inicial, el mensaje encontró eco. El futbol por fin tomó el centro del escenario, las pastillas para el estrés se disolvieron en cervezas y cánticos, y la fiesta en México ofreció las imágenes que FIFA anhela desde los despachos: estadios llenos, pasión desbordada, celebración continua.

Infantino puede respirar un poco. Por ahora. La lupa no desaparece tan fácil.

Porque si México vive el Mundial como religión, en Canadá y en Estados Unidos el panorama es distinto. El futbol compite con otros deportes y otros calendarios. Los grandes partidos con grandes figuras llenarán gradas, sí, pero la duda está en el resto del cartel. ¿Alcanzará el tirón para los encuentros sin tanto brillo mediático? ¿Pesará el precio de los boletos para quienes no persiguen a las superestrellas?

Y sobre todo, en territorio estadounidense, flota una pregunta incómoda: ¿hará sentir su presencia Immigration and Customs Enforcement, ICE, en un evento que convoca a hinchas de todo el continente?

Esas y muchas otras incógnitas acompañarán al torneo en las próximas semanas. Mientras tanto, al menos por una noche en Ciudad de México, las respuestas llegaron desde la cancha, desde un cabezazo de Jiménez, el debut de Mora y una multitud que convirtió el Ángel en termómetro del Mundial. Y el mercurio, por ahora, se ha disparado.