La nueva España en el Mundial: del hubris a la resurrección
Hubo un tiempo en el que España miraba al resto del planeta fútbol por encima del hombro. Entre 2008 y 2012, La Roja construyó una dinastía que hizo parecer mortales a todos los demás: Eurocopa, Mundial, Eurocopa. Un ciclo perfecto que alimentó la sensación de intocabilidad.
Después vino el golpe. Eliminaciones dolorosas, proyectos fugaces, entrenadores de paso y una década de reseteos forzosos que obligó al país entero a tragarse un buen trozo de humildad. Ese baño de realidad ha cambiado el paisaje. A las puertas del Mundial 2026, el ambiente es otro. Menos arrogancia, más convicción. Menos épica, más estructura.
La Eurocopa 2024 fue el gran giro. España arrasó con una lista de víctimas que habla sola: Croacia, Italia, Alemania, Francia y, en la final, Inglaterra. Sin ruido, sin humo, con una autoridad que devolvió al equipo al escalón de las superpotencias. El grupo de Luis de la Fuente aterriza en Norteamérica con la precisión calculada de quien sabe exactamente quién es y a qué juega.
Semra Hunter, periodista hispano-estadounidense y presentadora del Mundial en ITV, lo resume con una frase que rompe con la vieja narrativa del “o se gana o es un fracaso”: España es hoy “una máquina de fútbol bellamente estructurada”, preparada para ir muy lejos de nuevo.
De la soberbia al optimismo sano
La losa tóxica de la obligación permanente de ganar, la que atenazó a tantas generaciones, ha perdido fuerza. Hunter lo ve claro: ya no es ese “todo o nada” asfixiante.
“La afición aprendió la lección de lo malacostumbrada que estaba con todo el éxito de 2008 a 2012”, explica. Aquel periodo generó una confianza casi ciega, la sensación de que el equipo era intocable. El desplome posterior fue brutal. Y dolió.
Ese escepticismo tocó techo justo antes de la Euro 2024. El ambiente era de sospecha constante hacia De la Fuente. “Los aficionados estaban súper críticos, casi sin esperanza”, recuerda Hunter. Ese clima, lejos de hundir al grupo, lo encendió. El vestuario entró en el torneo con el orgullo herido, decidido a desmentir a todo el mundo. Y lo hizo: fue el equipo más sólido y más reconocible de principio a fin.
Ahora la relación ha mutado. La gente vuelve a confiar, pero sin la amenaza permanente del fracaso. Hay exigencia, sí. No hay ultimátum.
Pendientes de dos puñales
Para volver a tocar techo en verano, España necesita a sus dos futbolistas más eléctricos en plenitud. El problema es que el cuerpo técnico vive con un doble foco de preocupación: Lamine Yamal y Nico Williams.
En abril, Lamine cayó con una lesión muscular en los isquiotibiales. Todo apunta a que llegará al Mundial, pero nadie sabe en qué estado real, ni cuánto tardará en recuperar chispa de competición. Y en mayo fue Nico quien se rompió, también en los isquios.
Son dos talentos generacionales y, sobre todo, dos perfiles que cambian el mapa del partido. “Son de los extremos más especiales y únicos del mundo ahora mismo y le dan a España un plus que no tendría sin ellos”, explica Hunter.
Sobre Lamine, la descripción es casi quirúrgica: imprevisible, desestabilizador, cada vez más cómodo por dentro, en ese rol “a lo Messi” que le permite aparecer entre líneas y decidir con una acción cuando el partido se atasca. Un futbolista capaz de inventar algo de la nada.
Nico, por su parte, fue seguramente el jugador más determinante de España en la Euro 2024. Golpeó a campo abierto, fijó defensas, dio profundidad constante. Su lesión, por fortuna, no parece tan grave y el plan es que llegue a tiempo para entrenar con normalidad.
Hunter lo deja claro: la estructura de España permite competir y ganar sin ellos. El sistema sostiene. Pero si el objetivo es levantar el trofeo, el seleccionador necesita a los dos al máximo.
Un centro del campo obsceno
Si hay una zona del campo donde España sigue mirando al resto por encima del hombro, es el mediocampo. Es, directamente, un derroche de talento.
Rodri como eje total. Pedri como cerebro creativo. Gavi, Dani Olmo, Martin Zubimendi, Mikel Merino, Fabián Ruiz… nombres que en otros países serían intocables y que aquí compiten a codazos por tres puestos.
Para Hunter, hay dos fijos innegociables en la pizarra de De la Fuente: “Mientras Rodri y Pedri estén bien, son titulares sí o sí”. A partir de ahí, todo se abre. Gavi aporta colmillo, agresividad, choque, esa dosis de rabia competitiva que a veces le faltaba a la vieja España. Dani Olmo rompe líneas, aparece al espacio, pisa área y puede actuar prácticamente como un delantero más.
La mala noticia llegó antes del torneo: Fermin Lopez, una de las grandes irrupciones del curso en el Barcelona, se quedó fuera por una fractura en el pie. Más de 30 participaciones de gol en la temporada y un perfil que apuntaba a posible revelación con la selección. Pasó por quirófano y se bajó del tren.
“Es una gran pérdida, podía haber sido uno de los nombres del Mundial para España”, lamenta Hunter. Aun así, el abanico sigue siendo insultante. La polivalencia es norma: interiores que pueden ser pivotes, mediapuntas que atacan como delanteros, medios que interpretan varios registros en un mismo partido. Con Zubimendi como recambio casi calcado de Rodri, la sensación es clara: en el centro del campo, España va sobrada.
El viejo agujero: el ‘9’
En medio de tanta abundancia, el talón de Aquiles vuelve a ser el de siempre. España no fabrica, de forma natural, ese delantero centro clásico, de área, que vive para rematar.
Hunter no se anda con rodeos: “Nuestra mayor debilidad es clarísima: no hemos tenido un ‘killer’ de área, un ‘fox in the box’ que la meta a la primera desde los tiempos de David Villa y Fernando Torres”. Ningún reproche a Álvaro Morata, pero el molde del ‘9’ letal no ha vuelto a repetirse. El país produce mediocentros, interiores, mediapuntas. No produce depredadores.
En este contexto, Mikel Oyarzabal aparece como el elegido para liderar el frente de ataque. Autor del gol decisivo ante Inglaterra en la final de la Euro 2024, es un delantero fino, asociativo, con buen pie y lectura, pero que no impone miedo por pura presencia como sí lo hacen otros nueves del panorama mundial. Es un falso ‘9’ en un mundo que aún valora al ‘9’ de toda la vida.
España ha aprendido a convivir con ese vacío. Lo tapa con goles repartidos, con llegadas desde segunda línea, con extremos que se meten por dentro. La pregunta es si, en un Mundial, esa fórmula alcanzará para superar a selecciones con un goleador que necesita media ocasión para decidir un cruce.
El país de los pizarrones
La fuerza de España no está solo en el césped. También en los banquillos que exporta. Pep Guardiola, Mikel Arteta, Unai Emery, Xabi Alonso, Andoni Iraola… una generación de entrenadores que ha colonizado el fútbol europeo y, muy en particular, la Premier League.
Nada de esto es casual. Responde a una cultura. “En España, el fútbol es un idioma”, dice Hunter. Desde niños, los jugadores se educan en táctica, en lectura de juego, en entender por qué se hace cada cosa. No es solo talento: es formación.
Todo el mundo se cree un pequeño filósofo del balón. Se discuten sistemas, se comparan estructuras, se analizan partidos como si fueran novelas. Hay romanticismo, pero también una obsesión muy concreta por el detalle. Cuando técnicos españoles viajan a Inglaterra, arrastran consigo esa fijación por el tablero.
Guardiola y Xabi Alonso son el ejemplo perfecto: ya dirigían sobre el campo cuando jugaban. Mandaban, ordenaban, corregían. Ahora trasladan esa mirada al banquillo. El foco siempre está en el colectivo, en la colaboración, en la idea de que el todo importa más que la suma de las partes. Humildad, trabajo y una fe casi religiosa en el plan. Así juegan sus equipos. Así juega esta España.
Un grupo engañoso y una meta clara
El sorteo del Mundial coloca a España en un grupo que, sobre el papel, invita al optimismo: Cabo Verde, Arabia Saudí y Uruguay. Dos debutantes en estas alturas de exigencia y una selección sudamericana que nunca conviene subestimar.
Para Hunter, el pronóstico inicial es nítido. Cabo Verde llega a la cita sin experiencia previa a este nivel. Arabia Saudí es un bloque ordenado, disciplinado, pero sin el arsenal técnico para discutirle la posesión y el ritmo a La Roja durante 90 minutos. España debería imponerse con relativa autoridad.
La trampa está en Uruguay. Un equipo intenso, agresivo, astuto, mucho más dotado técnicamente de lo que a menudo se reconoce. Si quiere embarrar el partido, sabe hacerlo. Si tiene que llevar a España a un duelo físico y emocional, también. Es el tipo de rival que mide de verdad la madurez de un proyecto.
Hunter ve a España sacando entre siete y nueve puntos, liderando el grupo y avanzando con solvencia a las rondas eliminatorias. Y no se queda ahí. Su apuesta es contundente: ve a La Roja llegando hasta la final. Cuando se le aprieta un poco más, da el último paso: su candidata para levantar el Mundial es España.
Después de una década de dudas, de golpes y de exámenes constantes, la selección aterriza en Norteamérica sin el peso tóxico del pasado, pero con algo quizá más peligroso: la certeza íntima de que está preparada para volver a mandar. La cuestión ya no es si puede. Es si alguien será capaz de apartarla del camino antes de la última noche.






