Oviedo cae 1-0 ante Alaves en un partido decisivo
En el atardecer húmedo del Estadio Nuevo Carlos Tartiere, el 1-0 que lució el marcador a favor de Alaves dejó una sensación de final anunciado para Oviedo. No fue solo una derrota más en La Liga; fue el retrato nítido de una temporada en la que el colista, 20.º con 29 puntos y una diferencia de goles total de -31 (26 a favor y 57 en contra), volvió a tropezar con las mismas piedras: falta de colmillo arriba, fragilidad emocional y una dependencia excesiva de su estructura defensiva.
Guillermo Almada se aferró a su libreto más repetido: el 4-2-3-1, un sistema que Oviedo ha utilizado en 25 partidos esta temporada. H. Moldovan bajo palos, una línea de cuatro con L. Ahijado, D. Costas, D. Calvo y J. Lopez, doble pivote con N. Fonseca y S. Colombatto, y una línea de tres mediapuntas —H. Hassan, S. Cazorla, A. Reina— por detrás de F. Viñas. Sobre el papel, un equipo diseñado para tener pausa por dentro y agresividad en los últimos metros; en la práctica, un conjunto al que le cuesta un mundo transformar posesión en gol.
Los números lo explican con crudeza. Heading into this game, Oviedo solo había marcado 9 goles en casa en 19 partidos, una media de 0.5 por encuentro, y había fallado en anotar en 10 de esos 19 duelos en su estadio. Es decir, más de la mitad de las tardes en el Tartiere terminaron sin un solo rugido de gol local. A cambio, su estructura defensiva había respondido con 9 porterías a cero en casa, sosteniendo un promedio de 0.9 tantos encajados como local. Un equipo que se protege bien, pero que paga carísimo cualquier desajuste porque arriba vive en el alambre.
El contexto de bajas no ayudaba. Sin L. Dendoncker, B. Domingues y O. Ejaria, todos ausentes por lesión, Almada perdió músculo, recorrido y alternativas en la sala de máquinas. Eso obligó a cargar aún más responsabilidades creativas sobre S. Cazorla, el cerebro veterano que debía conectar con los movimientos de F. Viñas. El uruguayo, máximo goleador del equipo en la temporada con 9 tantos y también líder en expulsiones de la liga (2 rojas directas y una doble amarilla), representa a la perfección la dualidad de este Oviedo: imprescindible en el área rival, pero siempre al filo de la navaja disciplinaria.
Frente a ese escenario, Alaves aterrizó en Oviedo con la tranquilidad de quien ha hecho los deberes. 14.º con 43 puntos y un balance total de 43 goles a favor y 54 en contra (GD -11), el conjunto de Quique Sánchez Flores llegaba con una racha positiva (formato total: WWDLW) y la sensación de haber encontrado un equilibrio competitivo. Sus cifras en ataque eran significativamente superiores: 1.2 goles totales por partido, con 19 tantos en 19 salidas (media de 1.0 lejos de casa). No es un vendaval ofensivo, pero sí un bloque que sabe golpear cuando el rival se expone.
La apuesta táctica visitante fue un 3-5-2 con A. Sivera en portería; una zaga de tres con N. Tenaglia, V. Koski y V. Parada; carriles largos para A. Perez y A. Rebbach; y un triángulo interior formado por J. Guridi, Antonio Blanco y D. Suarez. Arriba, la doble punta con I. Diabate y Toni Martínez, uno de los grandes protagonistas de la temporada en La Liga: 13 goles y 3 asistencias, 74 disparos totales y 34 a puerta, un delantero que vive cómodo entre centrales y que castiga cualquier despiste en el área.
Ese fue, precisamente, el gran duelo de la tarde: el “Cazador contra el Escudo”. Toni Martínez, referencia ofensiva de Alaves, se midió a una defensa de Oviedo que, como local, había encajado solo 18 goles en 19 partidos (0.9 de media) y se había sostenido gracias a su orden. Pero el contexto clasificatorio empujó a los asturianos a arriesgar más de lo que su estructura defensiva tolera. En cuanto el bloque se estiró, el 3-5-2 de Quique encontró los espacios que buscaba.
En la medular, el “Motor contra el Candado” tuvo nombre propio: Antonio Blanco. El centrocampista de Alaves, líder de la liga en amonestaciones con 9 amarillas, volvió a ser el metrónomo y el perro de presa a la vez. Sus 1794 pases totales esta temporada con un 85% de acierto y sus 93 entradas hablan de un futbolista que manda con balón y sin él. Ante un Oviedo obligado a elaborar por dentro, Blanco se encargó de cortar líneas de pase hacia Cazorla y de ensuciar cualquier recepción de espaldas de F. Viñas.
El apartado disciplinario, más allá de las tarjetas individuales, también marcó la narrativa colectiva. Oviedo es un equipo que concentra el 25.00% de sus amarillas entre los minutos 61 y 75, y otro 16.25% entre el 76 y el 90, lo que delata un conjunto que llega muy cargado física y emocionalmente al tramo final. Alaves, por su parte, reparte sus tarjetas amarillas con un pico del 21.51% en el último cuarto de hora, síntoma de un bloque que no duda en cortar el ritmo cuando va por delante. No hubo expulsiones que descompensaran el duelo, pero la tensión en esas franjas horarias encajó con la necesidad de Oviedo y la gestión de ventaja de los vitorianos.
En el banquillo, las alternativas también marcaron el tono del partido. Almada contaba con perfiles ofensivos como I. Chaira, T. Borbas, A. Fores o T. Fernandez, recursos para cambiar el guion si el 4-2-3-1 inicial no encontraba el gol. Enfrente, Quique podía acudir a L. Boyé —11 goles en la temporada— como ariete de impacto desde el banquillo, o reforzar la medular con C. Alena, A. Guevara o Calebe para blindar el resultado. El 1-0 final confirmó que Alaves supo leer mejor los tiempos: golpeó primero y luego manejó la ventaja con oficio.
Desde la óptica estadística, la prognosis previa era clara: con Oviedo promediando 0.7 goles totales por partido y 1.5 encajados, frente a un Alaves que se mueve en 1.2 a favor y 1.5 en contra, el escenario más probable era un encuentro de baja anotación en el que el mínimo detalle decantase el marcador. La solidez estructural de los visitantes, su capacidad para gestionar ventajas y el filo de Toni Martínez en el área inclinaban la balanza ligeramente hacia el lado vitoriano. El 0-1 en el Tartiere no hizo más que confirmar esa lectura: un Oviedo condenado por su anemia ofensiva y un Alaves que, sin necesidad de brillar, volvió a demostrar que en esta liga sobrevivir pasa por saber sufrir y golpear en el momento justo.





