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Aston Villa conquista la Europa League: Unai Emery brilla en Estambul

¿Dónde quiere la estatua, señor Emery? La pregunta ya flotaba en el aire antes de que Aston Villa levantara la Europa League en Estambul. Ahora, con su quinto título en la competición, Unai Emery por fin tiene el trofeo que pone brillo tangible a una obra que ya era revolucionaria.

Los hinchas de Villa que no vivieron Róterdam 1982 tendrán para siempre su propia postal: Estambul 2026. Hace años Thomas Tuchel bromeó con que la UEFA debería rebautizar el torneo como el “Unai Emery trophy”. Esta noche pareció menos chiste y más acta notarial.

La imagen de la noche quizá llegó antes de que el confeti tocara el césped: Emiliano Martínez cargando a su entrenador a caballito, riendo como un canterano, mientras arrancaban las celebraciones. La plantilla formó un pasillo de honor para un Freiburg valiente pero desbordado, y enseguida se lanzó a manteo limpio con Emery cuando el técnico pisó el podio levantado sobre el césped. John McGinn, capitán inmenso, fue el último en recoger su medalla de manos del presidente de la UEFA, Aleksander Ceferin, antes de alzar al cielo esa copa sin asas. Un instante después ya corría desatado hacia la marea granate en la grada, trofeo en mano, mientras sonaba We Are the Champions y el grabado del metal aún parecía fresco.

Uno a uno, los jugadores fueron levantando el trofeo. También los copropietarios, Nassef Sawiris, con bufanda claret and blue, y Wes Edens, que no quisieron perderse su turno. En el palco, el Príncipe de Gales, confeso seguidor de Villa que admite bucear en foros del club bajo seudónimo, hizo lo que cualquier aficionado: sacó el móvil y grabó el momento. Luego, en redes sociales, dejó su mensaje de felicitación “a todos los jugadores, el equipo, el staff y todos los vinculados al club”.

En el césped, la escena tenía ecos de otra época. Igual que en 1982, Villa vestía de blanco ante un rival alemán de rojo. Esta vez los nombres escritos en la historia fueron Youri Tielemans, Emiliano Buendía y Morgan Rogers. Tres goles, tres joyas. Tielemans y Buendía firmaron dos golazos en un lapso de siete minutos al final de la primera parte que dejaron el partido cuesta abajo. Rogers se sumó a la fiesta cerca de la hora de juego. Cuando Buendía clavó con la zurda una rosca perfecta en la escuadra con el último toque del primer tiempo, aquello ya olía a paseo. Y cuando el movimiento de Rogers en el primer palo encontró premio, el duelo competitivo se apagó del todo. Díganselo, eso sí, a los aficionados de Villa que habían cruzado medio continente.

La asignación oficial hablaba de 10.758 entradas para los de Birmingham. En la práctica, la cifra real pareció doblarse. Taksim Square vivió una invasión brummie, una marea dispuesta a exprimir hasta la última gota de la primera final continental del club en 44 años. Para Freiburg, en cambio, esta noche fue el mayor escenario de sus 121 años de historia, el broche a una temporada ya histórica que pensaban celebrar igualmente a su regreso al suroeste de Alemania.

Mientras una generación de villanos aterrizaba en Turquía con el hambre acumulado desde la última copa, la League Cup de 1996, Freiburg llegaba sin un solo trofeo en sus vitrinas. Villa, con plaza asegurada en la próxima Champions League, partía como gran favorito. No tardó en justificar el cartel.

Desde la grada, los cánticos rescataban 1982. Nueve miembros de aquel equipo estaban presentes en el estadio. Entre ellos, Nigel Spink, el portero que entró a los nueve minutos por lesión de Jimmy Rimmer en aquella final. Hubo incluso un guiño inquietante al pasado: Martínez necesitó atención en el calentamiento, con el entrenador de porteros, Javi García, vendándole un dedo. Cualquier duda se esfumó en segundos. El argentino salió disparado hacia su portería antes del inicio, puño derecho al aire, en dirección a la hinchada de Villa. Al descanso, no quedaba ni rastro de nervios.

El primer mazazo llegó en el 41. Córner en corto, centro medido de Rogers y la pelota cayendo en cámara lenta hacia el borde del área. Tielemans la vio venir desde el primer instante, se perfiló y la enganchó de volea con el empeine. Pura técnica. Pura confianza. Gol que abrió la puerta.

El segundo la cerró de golpe. McGinn filtró un pase hacia la frontal, Buendía lo domó con la derecha y, sin pensarlo, soltó un zurdazo enroscado que se clavó en la escuadra. Última acción del primer tiempo. Gol que no solo hizo daño: dio la sensación de haber sentenciado.

Hasta ese momento, Villa mandaba, pero había vivido un par de sustos. El mayor, la entrada alta de Matty Cash sobre Vincenzo Grifo. El lateral fue amonestado, aunque las repeticiones mostraron cómo, tras tocar balón, sus tacos se clavaron en la espinilla del centrocampista. Johan Manzambi agitó el ataque alemán y Nicolas Höfler dispuso de la primera ocasión clara del partido, un disparo cruzado que se marchó fuera tras un despeje de Pau Torres en una falta lateral.

La segunda parte confirmó la superioridad inglesa. Cerca del minuto 60, Lucas Digne encontró a Buendía en la izquierda. El argentino encaró a Lukas Kübler, lo fijó y lanzó un centro envenenado hacia el primer palo. Rogers, listo, intercambió posiciones con Ollie Watkins y se coló justo donde dolía. Toque sutil, balón dentro. 3-0 y el marcador ya contaba la historia real.

Freiburg se sostuvo por orgullo. Emery movió el banquillo y, ya en el tramo final, Amadou Onana rozó el cuarto con un cabezazo al poste. Buendía, desatado, golpeó la red lateral cuando el estadio entero cantaba el doblete. La goleada pudo ser mayor. No hizo falta.

En la banda, Emery vivía cada acción con la energía de siempre, saltando, corrigiendo, señalando. Autor del proyecto, arquitecto del estilo, coleccionista de noches europeas. Esta vez, por fin, con Aston Villa en letras grandes sobre el trofeo.

En Birmingham y en cada rincón donde alguien se declara villano, la espera terminó. La fiesta, apenas, acaba de empezar. La cuestión ahora no es si Emery merece una estatua. Es dónde, y cuántas.

Aston Villa conquista la Europa League: Unai Emery brilla en Estambul