Suecia y el efecto Potter: del caos al Mundial 2026
La clasificación de Suecia para el Mundial de 2026 no fue un camino; fue una huida hacia adelante. Seis partidos de clasificación directa dejaron apenas dos puntos y la sensación de un ciclo roto. Bajo Jon Dahl Tomasson, el arranque fue desastroso: un solo punto en los primeros cuatro encuentros y una derrota por 1-0 ante Kosovo en octubre de 2025 que acabó con el danés fuera del cargo. El proyecto se desmoronaba antes de nacer.
Entonces apareció Graham Potter.
Potter regresa a su segunda casa
El inglés no llegaba como un desconocido. En Suecia se le recuerda casi con cariño de autor de culto: aquel entrenador que tomó al modesto Östersund en 2011 en la cuarta categoría y lo llevó hasta la Allsvenskan, ganó la copa y se permitió el lujo de tumbar al Arsenal en la Europa League. Un ascenso que marcó al club… y al propio técnico.
Tras etapas ásperas y desgastantes en Chelsea y West Ham, Potter miró de nuevo hacia el norte. En octubre de 2025, en una entrevista con Fotbollskanalen, prácticamente lanzó un mensaje directo a la federación: hablaba de sus “sentimientos por Suecia”, de su amor por el país y por su fútbol, y de lo “increíble” que sería dirigir a la selección. Pocos días después, ya estaba sentado en el banquillo de Blågult.
No ganó ninguno de sus dos primeros partidos, pero a la federación le bastó para enamorarse de la idea. En marzo ya tenía renovación hasta 2030. Potter habla un sueco fluido, conoce la cultura y, sobre todo, entendió rápido qué necesitaba el equipo: volver a las bases.
De la confusión a la solidez
Con Potter, Suecia giró hacia un fútbol más reconocible para su historia reciente: defensa correosa, estructura compacta, contraataque afilado. El técnico insistía en que prefería una línea de cuatro atrás, pero cuando llegó la hora de la verdad, en los playoffs, no dudó: 5-3-2, prioridad absoluta a cerrar espacios y minimizar riesgos.
La Nations League se convirtió en la puerta de emergencia hacia el Mundial. Y Suecia la atravesó con una mezcla de oficio y épica. En la semifinal, ante Ucrania en territorio neutral en España, apareció la figura que hoy sostiene al equipo: Viktor Gyökeres. Hat-trick del delantero del Arsenal y 3-1 que cambió la atmósfera alrededor de la selección. De pronto, el grupo que se había hundido en la clasificación directa volvía a creer.
La final ante Polonia fue otra historia. Mucho más áspera, mucho más sufrida. Los polacos mandaron durante largos tramos del partido, jugaron mejor, obligaron a Suecia a defenderse cerca de su área. Pero el guion del nuevo ciclo parecía escrito para Gyökeres. En el minuto 88, con 2-2 en el marcador, el delantero volvió a aparecer para firmar el 3-2 en un desenlace de puro vértigo.
Potter lo describió después como “la mejor noche” de su vida en el fútbol, una experiencia casi “fuera del cuerpo”, viendo cómo el banquillo entero salía disparado hacia la celebración mientras él intentaba asimilar lo que acababa de pasar. Esa noche, Suecia selló su billete al Mundial con una clasificación que, vista desde la fase de grupos, parecía ciencia ficción.
Un Mundial sin Kulusevski… y con dudas sobre Isak
El premio es enorme, pero no llega sin costes. Suecia aterrizará en Norteamérica sin su capitán, Dejan Kulusevski. Su influencia en el equipo es difícil de medir con números: liderazgo, personalidad, capacidad para conectar líneas y dar sentido a los ataques. Es el tipo de ausencia que se nota en cada transición, en cada balón dividido, en cada momento de presión. Lo van a echar de menos.
Las incógnitas no acaban ahí. Alexander Isak, convertido el año pasado en el fichaje más caro de la historia de la Premier League tras su traspaso de Newcastle a Liverpool por 125 millones de libras, vive un momento delicado. Su primera temporada en Anfield fue dura y llega al torneo entre dudas físicas y de forma. Marcó en la preocupante derrota por 3-1 ante Noruega el 1 de junio, entrando desde el banquillo, pero no disipó la sensación de fragilidad.
Paradójicamente, el peso del ataque recae ahora con claridad en otro nombre.
Gyökeres, de fichaje discutido a tótem nacional
Viktor Gyökeres también sufrió un aterrizaje complicado en su nuevo club, Arsenal. Pero mientras se adaptaba al norte de Londres, se convirtió en el faro indiscutible de la selección. En los dos duelos de playoff marcó cuatro de los seis goles del equipo. En el momento de la verdad, todo lo que hizo Suecia en campo rival pasó por sus botas, sus desmarques y su instinto.
Su popularidad se disparó tras el gol agónico ante Polonia. En todo el país, aficionados empezaron a imitar su celebración, inspirada en Bane, el personaje de Tom Hardy en la película The Dark Knight Rises. Un gesto que, en cuestión de días, dejó de ser una excentricidad para convertirse en un símbolo de resistencia futbolística.
En un equipo sin Kulusevski y con un Isak a medio gas, Gyökeres no es solo el goleador. Es el hombre al que miran todos cuando el partido se inclina.
Lagerbielke, el barón que manda atrás
Si hay un nombre que puede sorprender en Norteamérica, ése es Gustaf Lagerbielke. El central de Braga, con pasado en Celtic, se ganó un lugar de peso en la final del playoff ante Polonia. Marcó un gol de cabeza demoledor y, al otro lado del campo, secó a Robert Lewandowski con una actuación de central grande en noche grande.
Su historia añade un matiz casi novelesco: es barón y ocupa el puesto 254 en la línea de sucesión al trono sueco. Un defensa que combina pedigrí aristocrático con una fiereza muy poco cortesana en el área propia. Se habla ya de un posible traspaso a una de las cinco grandes ligas este verano, y un buen Mundial podría acelerar esa salida.
Junto a él, emergen jóvenes como Benjamin Nygren, de Celtic, que también puede ganar protagonismo en el torneo, especialmente si Potter decide ajustar su sistema durante la fase de grupos.
Karlström, el pulmón silencioso
Para que todo ese entramado funcione, Suecia necesita mando en el centro del campo. Ahí entra en escena Jesper Karlström. A los 30 años, el capitán de Udinese encarna el perfil clásico del mediocentro que da equilibrio: fuerte al choque, fiable en la entrega, sereno cuando el partido se rompe.
Su carrera no fue lineal. Tardó en consolidarse en Djurgården y atravesó un periodo oscuro marcado por una adicción al juego que él mismo ha reconocido. Salió adelante con la ayuda del club y de su familia, y desde entonces su trayectoria ha ido en ascenso: paso por Lech Poznan, salto a la Serie A, brazalete en Udinese.
En esta Suecia rejuvenecida, Karlström será el ancla. A su alrededor se mueven talentos jóvenes como Yasin Ayari y Lucas Bergvall, con energía y desparpajo, pero todavía sin el colmillo competitivo que exige un Mundial. Su presencia, su manera de enfriar el balón y ordenar al equipo, será vital ante rivales que castigan cada pérdida.
Un grupo sin red: Túnez, Países Bajos y Japón
La recompensa por sobrevivir a la repesca es un grupo que no perdona despistes. Túnez, Países Bajos y Japón plantean tres tipos de examen muy distintos y, a la vez, igual de peligrosos.
Ante Países Bajos, Suecia deberá soportar fases largas sin balón, con un rival de técnica superior y mucho colmillo entre líneas. Japón propone algo similar, pero con un ritmo más alto, una presión asfixiante y una tenacidad que no afloja en 90 minutos. Túnez, por su parte, ofrece un duelo más físico, más de duelos, de segundas jugadas, de concentración.
Para avanzar a las eliminatorias, Suecia tendrá que ganar batallas en todas esas dimensiones. La estructura de Potter, con ese 5-3-2 que se cierra como un puño y sale disparado cuando recupera, parece diseñada para sobrevivir en este tipo de escenarios. Pero sin Kulusevski y con las dudas sobre Isak, la línea entre la épica y la eliminación temprana es muy fina.
La marea amarilla y azul
En las gradas, Suecia sí tiene una certeza: no estará sola. La afición de Blågult se ha ganado fama de viajar en masa a las grandes citas, llenar plazas y calles de amarillo y azul y, sobre todo, de mezclar pasión con buen humor. Son ruidosos, pero accesibles; competitivos, pero dados a la broma con el rival.
El himno oficioso de cada torneo es “Kanna på”, una oda cervecera a las jarras que nunca dejan de llegar. Entre sus versos, una frase que ya forma parte del imaginario colectivo: “Vi kommer med hundratusen man”, “venimos con 100.000 hombres”. No habrá una invasión vikinga literal en Estados Unidos y México, pero el bloque sueco promete hacerse notar en cada sede que pise.
Un país que ya sabe lo que es estar en el foco estadounidense
La relación reciente entre Suecia y el discurso político estadounidense tuvo un episodio singular en 2017, cuando el entonces presidente Donald Trump habló de “lo que pasó anoche en Suecia” al referirse a problemas ligados a la inmigración y al terrorismo. En realidad, aquella noche no había ocurrido ningún hecho dramático. Más tarde explicó que se refería a un reportaje televisivo, lo que no aclaró demasiado la confusión.
El diario Aftonbladet respondió con ironía, enumerando lo más relevante del día al que Trump aludía: el cantante Owe Thörnqvist sufrió problemas técnicos en un ensayo, un hombre se prendió fuego en una plaza de Estocolmo y hubo carreteras cortadas en el norte del país por el mal tiempo. Nada que ver con el relato que se intentó construir desde Washington.
Ahora, la mirada estadounidense hacia Suecia será muy distinta. No pasará por discursos ni ruedas de prensa políticas, sino por lo que suceda en el césped.
Porque, tras tocar fondo en la clasificación, esta selección llega al Mundial con algo que no se compra ni se improvisa: la sensación de haber escapado del abismo en el último segundo. La pregunta es si ese vértigo será combustible… o una carga demasiado pesada cuando suene el primer himno en Norteamérica.






