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Endrick: el niño que creció lejos del Bernabéu

Endrick todavía no ha cumplido el sueño completo de vestirse de blanco cada semana, pero ya habla como alguien que ha sobrevivido al impacto del aterrizaje en la élite europea. No lo oculta: el primer golpe fue duro.

«El primer año siempre es complicado. Llegas a un club con jugadores como Modric, Vinicius, Rodrygo… Es muy difícil jugar con todos ellos, pero también aprendes mucho», contó en una charla con Men in Blazers en YouTube.

El vestuario del Real Madrid impresiona, abruma, te pone un espejo delante. A un adolescente, lo puede devorar.

A Endrick no le pasó. O al menos no del todo. Encontró refugio donde muchos solo ven competencia.

Un vestuario gigante y un teléfono que nunca deja de sonar

Le costó entrar en el once. La calidad alrededor, el ritmo, la exigencia. Sin minutos, la cabeza empieza a pesar más que las piernas. Ahí aparecieron nombres que suelen asociarse solo con focos y titulares, pero que para él se convirtieron en salvavidas diarios.

«Bellingham me llama todos los días. Cuando estaba triste, él me levantaba y hablábamos. Me ayudó mucho. Trent también. Son jugadores muy accesibles», explicó el brasileño.

No habló de tácticas, habló de compañía. De llamadas, de conversaciones, de apoyo.

En esa convivencia, intenta absorberlo todo, incluso el idioma. «Intento aprender de ellos, también inglés, pero es imposible entenderlos», bromeó. Entre risas, asoma la realidad de un chico que cruza océanos, idiomas y jerarquías en cuestión de meses.

Lyon como punto de inflexión

La decisión de alejarse del Santiago Bernabéu, aunque sea de forma temporal, marcó su trayectoria reciente. Para algunos, un paso atrás. Para él, una instrucción clara.

«No fue difícil ir a Lyon. Al final, Dios me dijo que tenía que ir, y fui. No tenía miedo; ha sido una de las mejores decisiones de mi vida. Necesitaba jugar», confesó.

Ahí está la clave: minutos, balón, errores, goles.

En Francia ha encontrado lo que le faltaba en Madrid: continuidad. «He podido marcar goles, dar asistencias y jugar muchos minutos», resumió. De eso se trata para un delantero de su edad: repetir gestos, ganar confianza, llegar al área con la sensación de que el siguiente disparo va dentro.

Y, sobre todo, regresar algún día al Bernabéu con algo más que promesas: con hechos.

El sueño global y el peso de la camiseta amarilla

Mientras se afianza en Europa, el horizonte se abre todavía más: la Copa del Mundo. Para un brasileño, no es solo un torneo. Es una herencia.

«Jugar un Mundial es lo más grande. Poder representar a mi país es un sueño hecho realidad», aseguró.

No habló de escaparate, habló de orgullo. De responsabilidad. «El Mundial es muy importante para la gente, y hace mucho tiempo que no lo ganamos», recordó, poniendo el dedo en una herida que Brasil no termina de cerrar.

En ese contexto, aparece un nombre inevitable: Neymar. «Neymar tiene ADN brasileño. Es uno de los mejores de nuestra historia», afirmó. La frase pesa. Viene de alguien que creció viéndolo como ídolo y que ahora aspira a compartir con él una camiseta que quema.

Respeto ganado y un futuro que apunta al Bernabéu

Endrick no solo mira hacia la selección. También observa de reojo a quien manda en el banquillo del Real Madrid. «Me llevo muy bien con Ancelotti. Es un gran entrenador y te entiende muy bien como persona. Sé que me tienen mucho respeto», dijo.

Respeto. Esa palabra no se regala en un vestuario como el del Madrid. Se gana. En los entrenamientos, en la actitud, en la forma de encajar los golpes. Endrick parece haber entendido el juego más difícil: el que se juega lejos del césped.

Ahora, con goles en Lyon, con el teléfono encendido cada día por Bellingham, con la mirada puesta en un Mundial y con el respaldo de Ancelotti, el escenario está preparado.

La próxima vez que cruce la puerta del vestuario del Bernabéu, ya no será solo el adolescente abrumado por los nombres del pasillo. Será el delantero que se fue para jugar, creció lejos y vuelve dispuesto a demostrarlo todo.