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Erling Haaland y la historia de Noruega en cuartos de final

La sonrisa lo delata. Apenas una comisura levantada, un brillo en los ojos y, de pronto, los dientes al descubierto.

Erling Haaland no necesita aspavientos para apropiarse de una noche histórica. No le hace falta tirarse al césped, arrancarse la camiseta o desatar un drama de película. Para eso ya están los demás: las lágrimas de los aficionados, el portero Ørjan Nyland con sus rugidos de vena hinchada tras otra parada monumental, los compañeros abrazándose a trompicones, saltando a la chepa del héroe.

Haaland domina el arte de congelar el tiempo. De convertir un instante en clásico. Y de dejar siempre la sensación de que esto es solo el prólogo.

En New Jersey, con dos zarpazos tardíos para darle a Noruega un 2-1 sobre Brasil y el billete a los cuartos de final, volvió a hacerlo. Tras cada gol, se quedó erguido, orgulloso, con esa sonrisa mínima escapándosele, como si fuera lo más natural del mundo volver a cargar a un país entero sobre sus hombros.

«He alcanzado mi pico un par de veces en este torneo, pero de vez en cuando aparece uno nuevo», dijo después. «Si tengo una o dos ocasiones, normalmente acaban en gol. No sé cómo lo hago, pero así soy. Se trata de estar concentrado».

Noruega firma historia a su manera

Noruega jugó al límite de la paciencia. Y ganó.

Cedió el foco, pero no el control. Dejó que Brasil enseñara todo su catálogo de talento y vértigo, pero lo obligó a estrellarse una y otra vez contra un muro frío, calculador. El equipo de Ståle Solbakken mandó en la posesión, aunque apenas probó suerte a portería antes de que Haaland irrumpiera en escena. No parecía preocuparles.

Sabían lo que tenían guardado en el bolsillo trasero: el arma definitiva.

Brasil amenazó a la contra, con carreras que encendían el estadio y con Vinicius Jr tirando del carro con la insistencia del que se niega a aceptar el declive. Pero cuando llegaba el momento de la verdad, el último pase se nublaba, el remate se desviaba, la jugada se deshacía en el área.

Durante buena parte del partido, Haaland vivió encadenado. Siempre rodeado por al menos dos defensas, apenas tres toques en el área brasileña. Su duelo tan anunciado con Gabriel parecía inclinarse del lado del central. Parecía.

Hasta que Noruega decidió soltar la correa.

Minuto 79. Andreas Schjelderup levanta la cabeza en la banda, mide el centro y lo pone donde solo manda el rey vikingo. Haaland se eleva, impone su físico, cabecea. Gol. El estadio se queda helado por un segundo, luego estalla.

Diez minutos después, el golpe definitivo. Esta vez, con espacio. El delantero recibe fuera del área, perfila el cuerpo, arma la pierna y suelta un disparo raso, seco, implacable. La pelota cruza pegada al césped, lejos del alcance del portero. Siete goles en el torneo. Igualado en lo más alto de la tabla con Lionel Messi y Kylian Mbappé, pese a haberse perdido el último partido de la fase de grupos ante Francia.

El capitán Martin Ødegaard había liderado hasta ahora el ya célebre festejo del “remo vikingo” con la grada. Pero esta noche no admitía intermediarios. El tambor cambió de manos. Haaland lo agarró, descargó toda su fuerza sobre la piel tensa y ahí, en ese estruendo, se desató por fin la emoción contenida. El ídolo, frente a su gente, asumiendo el tamaño real de lo conseguido: Noruega en cuartos de final por primera vez en su historia.

Con la calidad que atesora esta generación, alcanzar los cuartos era un objetivo razonable, casi una obligación silenciosa. Ir más allá, en cambio, entra en territorio de fantasía noruega. Pero no es un sueño descabellado. Este equipo está bien organizado, mantiene la cabeza fría y ha construido un plan que gira en torno a sus virtudes. O, mejor dicho, a la virtud descomunal de un solo hombre.

«Es uno de los días más locos de la historia noruega», resumió Haaland. «Creo que esto inspirará a muchos jóvenes, igual que yo me inspiré cuando era niño».

Solbakken no rebajó el tono: «Esta es la noche más grande en la historia del fútbol noruego», sentenció.

Brasil mira al abismo y a un futuro incierto

En el otro lado, la caída duele más por el eco del pasado. Brasil, cinco veces campeona del mundo, se despide antes de los cuartos por primera vez desde 1990. Y lo hace con la sensación incómoda de parecerse demasiado a otra potencia venida a menos, Alemania: aferrada a la historia, sin encontrar cómo sostenerla en el presente.

La derrota dejó una secuela inmediata: Neymar anunció el final de su carrera con la selección. «Lo intenté. Empezó aquí, en el MetLife Stadium, y terminé aquí. Ahora se acabó», declaró el máximo goleador histórico de Brasil.

El círculo se cerró en el mismo escenario de New Jersey donde debutó con la camiseta amarilla. Lo hizo esta vez con un penalti en el descuento, cuando el partido ya estaba perdido, como un epílogo melancólico. Arrastró problemas en la pantorrilla durante todo el torneo en Norteamérica, jugó minutos contados en dos encuentros y el héroe de otras épocas se quedó sin magia para un último truco.

Antes, Bruno Guimarães había tenido en sus botas una oportunidad que podía haber cambiado el relato. Su penalti en la primera parte encontró la respuesta de Nyland y el aire empezó a oler a algo distinto. La sensación de declive, sin embargo, venía de lejos.

Carlo Ancelotti aterrizó hace un año como salvador, con un currículum que impone respeto en cualquier vestuario. Ni así logró devolver a Brasil a su antigua grandeza. Apostó en este torneo, y en este partido, por varias figuras veteranas. Nombres que hace unos años asustaban a cualquiera, pero cuyos mejores días han quedado atrás. Vinicius Jr volvió a ser el gran protagonista, el que más lo intentó, pero su elenco de apoyo no alcanzó el nivel exigido por la camiseta.

«Es inexplicable», admitió Marquinhos. «Tenemos que asumir la responsabilidad para que las futuras generaciones puedan construir sobre esto».

Han pasado 24 años desde el último título mundial de Brasil. Si no llegan cambios profundos, el reloj seguirá corriendo. Y cada noche como esta hará la espera un poco más larga.