Logotipo completo Cancha Directa

Lionel Messi brilla en Miami con su gol número 20 en Mundiales

En Miami, otro capítulo para la leyenda

Marcó otra vez. De nuevo. Después del triplete a Argelia, del doblete a Austria y del gol a Jordania, Lionel Messi volvió a aparecer cuando Argentina más lo necesitaba y abrió el camino en un 3-2 dramático ante Cabo Verde en los octavos de final del Mundial, en Miami.

Ese tanto, el primero de una noche eléctrica, fue su gol número 20 en fases finales de Copas del Mundo. Una cifra que ya no pertenece a los mortales. Amplió así el récord que había roto durante la fase de grupos en Estados Unidos. Es, además, su séptimo gol en este torneo.

La ciudad llevaba horas latiendo en celeste y blanco. Mucho antes del pitazo inicial, las calles alrededor del estadio parecían un barrio de Buenos Aires: bombos, cánticos, camisetas, banderas gigantes que hacían de techo improvisado para miles de hinchas que se detenían a sacarse fotos, a abrazarse, a cantar el nombre de su número 10.

Dentro del estadio, el paisaje era casi monocromático. Una marea de camisetas albicelestes, y un número repetido hasta el cansancio: el 10. Colgaban trapos de todos los tamaños de las barandas, pero uno se imponía por encima del resto: Messi y Diego Maradona retratados como figuras sagradas, casi religiosas. Un resumen visual de lo que significan para varias generaciones de argentinos.

“Es nuestro héroe. Es como nuestro Dios”, decía un hincha antes del partido. Otro sonreía y buscaba una metáfora que ya se quedó corta: “Envejeció como el buen vino. Cuanto más grande, mejor juega”.

Preguntados por la Bota de Oro, los hinchas no dudaban: si Argentina llega a la final, Messi la va a pelear hasta el último minuto. Pero también aparecía un matiz muy argentino, mezcla de devoción y gratitud: “Ya nos dio demasiado. Si la gana, fantástico, pero todo lo que hizo por Argentina ya alcanza. Es increíble”.

No fue su partido más dominante. No hizo todo. No tocó todas las pelotas ni manejó todos los ataques. Por momentos, hasta pareció contenido.

Cabo Verde, valiente y descarado, incomodó a la campeona del mundo durante largos tramos. Se plantó con una personalidad que desmentía la distancia en el ranking FIFA: Argentina, número dos del mundo; Cabo Verde, fuera del top 60. No se notó tanto en la cancha.

Y, sin embargo, el guion de siempre volvió a imponerse. Cuando el partido pedía una firma, apareció la de Messi.

El gol fue un recordatorio brutal de su esencia: aunque parezca apagado, sólo necesita un instante. Un parpadeo.

Leyó el pase de Lisandro Martínez antes que todos, atacó el espacio con el tiempo justo, controló en carrera con el primer toque y, sin dudar, picó la pelota por encima del arquero caboverdiano. Frialdad, técnica y decisión en tres pasos.

Con ese tanto llegó a siete goles en este Mundial. Una cifra que habría bastado para ser máximo artillero en cinco de las últimas seis Copas del Mundo. Desde 1978 se jugaron 13 Mundiales; con este registro habría sido goleador en todos salvo en dos. La estadística no deja mucho lugar para la interpretación.

En la transmisión de BBC Radio 5 Live, el exdelantero escocés James McFadden no encontró mejor definición que “increíble”. Desmenuzó la jugada: la carrera a la espalda de la defensa, el tiempo perfecto, el pase medido de Martínez y ese primer control “exquisito” que hace simple lo imposible.

En ITV, Ally McCoist lo resumió con otra etiqueta que le persigue desde hace años: “genio en acción”. Y remató con una frase que ya parece banda sonora de su carrera: “Es un récord tras otro. Es asombroso”.

Los números lo respaldan. Y lo separan del resto.

Messi es el primer futbolista, hombre o mujer, en llegar a 20 goles en Copas del Mundo. Nadie lo había hecho. También se convirtió en el único jugador en marcar en ocho partidos mundialistas consecutivos. Y es el primero en anotar siete o más goles en dos Mundiales distintos, tras alcanzar esa misma cifra en Qatar 2022.

Lo que lo mantiene en la élite a los 39 años no es una velocidad devastadora ni un despliegue físico inagotable. Es otra cosa. Una lectura del juego que roza lo sobrenatural.

Mientras otros corren detrás de la pelota, Messi la anticipa. Observa. Escanea el campo antes de recibir, mide dónde están los espacios, decide dónde va a estar la próxima jugada. Dos, tres segundos antes que el resto. Camina cuando muchos exigen que corra, pero en ese caminar va procesando información. Y cuando aparece el hueco, ataca.

En este Mundial, además, se ha visto un matiz distinto. Más terrenal, más obrero. McFadden lo señalaba: durante años, Messi se tomó pausas largas en los partidos para “leer” lo que pasaba. Ahora, en Estados Unidos, se lo ve retroceder, meter la pierna, iniciar la presión. No es una presión desbocada ni constante, pero es él quien da la señal, quien salta primero.

Miami, epicentro de la devoción

Si hay un lugar fuera de Argentina donde la “Messimanía” se vive sin filtros, es Miami. La ciudad lo adoptó desde su llegada a Inter Miami en 2023 y su figura se desbordó del césped hacia la vida cotidiana.

Su rostro aparece en murales que colorean paredes enteras, en banderas que cuelgan de balcones, en vidrieras de negocios y en un merchandising que parece infinito. En las playas, chicos y chicas juegan con la camiseta albiceleste número 10, como si fuese uniforme obligatorio. En los alrededores del estadio, su nombre baja de las tribunas mucho antes de que los equipos salgan a calentar.

Hasta la gastronomía se contagió. Varios restaurantes argentinos exhiben con orgullo la milanesa que, cuentan, es uno de los platos preferidos de Messi. Algunos locales incluso rebautizaron el menú en su honor. No es sólo un futbolista: es una marca emocional que atraviesa la ciudad.

En la zona mixta, después de los partidos, la escena se repite y roza el caos. Periodistas apretados, micrófonos en alto, cámaras buscando un ángulo imposible. Las conversaciones se cortan en seco apenas se asoma su figura. Hay empujones, pasos en falso, cuerpos que se estiran para capturar una frase, una mirada, unos segundos de video. Y, en un instante, se fue. Un corredor, una puerta, silencio detrás.

Su vida deportiva se narra en tiempo real desde todos los rincones del planeta. Plataformas digitales dedicadas exclusivamente a él siguen cada movimiento, cada gesto, cada gol. Capítulos de una carrera que, lejos de agotarse, parece reinventarse torneo tras torneo.

Lo que ocurre con Messi en este Mundial ya trasciende la camiseta argentina. No es sólo la defensa de un título ni la búsqueda de otra copa para la vitrina de la AFA. Es algo más amplio: la sensación de estar asistiendo a los últimos compases de un artista que sigue rompiendo récords mientras el reloj corre.

Cada gol estira una historia que parecía completa. Cada partido abre otra pregunta: ¿hasta dónde puede seguir empujando sus propios límites?

Lionel Messi brilla en Miami con su gol número 20 en Mundiales