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Australia celebra el empate de los Socceroos en el Mundial

Australia se detuvo. No por un caballo esta vez, sino por once jugadores vestidos de oro y verde defendiendo un 0-0 que valía tanto como una victoria. Ante Paraguay, en plena tarde de viernes y en horario laboral, el país contuvo la respiración… y el empate bastó para meter a los Socceroos en octavos de final de un Mundial por segunda edición consecutiva.

Un país trabajando… desde el bar

Desde primera hora, los pubs de las grandes ciudades se llenaron hasta el borde. Camisetas doradas, bufandas verdes, caras pintadas y portátiles abiertos junto a las pintas: Australia convirtió la jornada laboral en una oficina improvisada con pantalla gigante.

En el Golden Barley, en el oeste interior de Sídney, los hermanos Jamie y Rick Hayman cambiaron el despacho por la barra. Pequeños empresarios, sí, pero ante todo hinchas. Rick, dueño de una empresa de construcción, apuraba tareas administrativas rodeado de parte de su equipo, todos pendientes de la pantalla.

Apoya a los Socceroos “desde siempre”, y en su voz se notaba que algo ha cambiado en los últimos años. “Une a la comunidad”, decía. “Eso es lo que se nota. Los pubs se llenan, todo el mundo habla de esto por la ciudad, es muy bueno verlo”.

Un par de mesas más allá, cuatro viejos amigos se habían plantado en la primera fila del televisor desde que abrió el local. Nick, con una Guinness en la mano, lucía una reliquia: una camiseta auténtica de los Socceroos de 1974, el año del primer Mundial para Australia. No era simple nostalgia. Era una declaración de fe.

Él y su pareja, Robyn, confesaban que echaban de menos el viejo ritual australiano de madrugar a horas imposibles para ver a la selección, castigados por los husos horarios. “Decíamos esta mañana que antes nos levantábamos en mitad de la noche, y estaba muy bien”, recordaba entre risas. “Es una experiencia única. Una experiencia familiar”.

Esta vez, el Mundial entró en la rutina diaria. Y la rutina se detuvo.

Lluvia, nervios y un perro aullando

A pocas calles, en el Vic on the Park, el ambiente era aún más denso. Cientos de aficionados apretados “como sardinas”, mezcla de euforia y miedo. Cuando la lluvia irrumpió durante la primera parte, las chaquetas y bufandas de los Socceroos se convirtieron en improvisados chubasqueros; los ponchos salieron de las mochilas como si fueran banderas de guerra.

Ochenta minutos sin goles tensaron cada sorbo de cerveza. Entonces sonaron unos cuantos “Aussie, Aussie, Aussie” y, desde el bar principal, se sumó el aullido de un perro, como si también entendiera lo que estaba en juego. Mientras el tiempo añadido se consumía, los gritos se transformaron en alivio. Un hombre calvo, con una calcomanía de la bandera australiana pegada en la cabeza, abrazó a sus amigos como si hubieran ganado el título.

Muchos habían pedido vacaciones en cuanto salió el calendario. Otros improvisaron. Sophie y su hijo Orson, estudiante de penúltimo año de secundaria, ya habían sufrido juntos la derrota 2-0 ante Estados Unidos el sábado anterior, a primera hora de la mañana. Esta vez, él se saltó el último día de clase del trimestre. Ella trabajaba discretamente desde el móvil, sin perder de vista el partido.

“Esto es de importancia nacional”, aseguraba. “Quiero que Oscar escuche un gol en un pub, que escuche cómo levantamos el lugar”. El gol no llegó, pero el rugido del pitido final se le acercó bastante.

Oscar sueña con ser entrenador de fútbol y ve en esta selección algo más que un equipo competitivo. Para él, Australia está demostrando que puede ser un país grande en este deporte. “El fútbol está creciendo”, decía. “Ha sido brillante, increíble ver a tanta gente que se supone que debería estar trabajando venir a apoyar a su país”.

Federation Square, un hervidero

En Melbourne, el epicentro fue Federation Square. Según la policía de Victoria, unas 7.500 personas tomaron la plaza. Llegaron horas antes para asegurarse un hueco; a las 10 de la mañana ya estaba a tope. El fútbol se mezcló con el ritual adolescente: partidas de “flip bottle” de alto riesgo, celebradas con gritos y lágrimas cuando la botella caía de pie, y confesiones a voz en grito de quienes habían “faltado” a clase o conseguido permiso paterno para vivir el partido allí.

El himno nacional estalló acompañado por siete bengalas. El resultado: la detención de un joven de 16 años. La pasión no entiende de protocolos de seguridad.

Cada cierto tiempo, una fuerza invisible sacudía a la multitud y provocaba una ola de cuerpos tambaleantes. Cuando el grupo recuperaba el equilibrio, se giraba al unísono hacia el origen del empujón y el insulto brotaba al coro. Tres adolescentes recibieron multas por comportamiento tumultuoso y fueron desalojados, según la policía.

Entre la marea estaba Craig Foster, exfutbolista y una de las voces más respetadas del fútbol australiano. Desde su mirada experta, el 0-0 tuvo un valor especial. Habló de un “partido casi perfecto” para Australia, y destacó que la profundidad de la plantilla había quedado clara. “Han hecho exactamente lo que se requería”, valoró. Para él, el equipo está gestionando bien el torneo, aprendiendo rápido, y cada vez que los Socceroos alcanzan las rondas de eliminación directa es “un día hermoso”. “Estamos aquí. Seguimos en este torneo y estamos peleando hasta el final. No hay nada mejor en la vida”.

A pocos metros, el Mundial se vivía de otra forma. El adolescente Ali Abolhasani y su amigo contaban entre risas cómo habían terminado en el suelo, perdiendo los zapatos contra las vallas de seguridad de Federation Square. A Ali, al acabar el partido, solo le salía una palabra: “Increíble”. No pensaba descansar: “No puedo esperar para volver la semana que viene. Hicimos una noche en vela, no podíamos dormir porque sabíamos que lo lograríamos… Lo haremos otra vez”.

Canberra también se contagia

Ni siquiera la capital se quedó al margen. En Canberra, la fiebre del Mundial ya había prendido, aunque la instalación improvisada en Garema Place —apenas dos pantallas— se quedara corta para los más de 500 aficionados que se reunieron allí. El espacio no era perfecto, pero la imagen sí: gente de todas las edades y orígenes siguiendo a la misma selección.

Hasta allí se acercó el senador del ACT David Pocock. Para él, la escena resumía algo más profundo que un simple pase a octavos. Habló de una multitud diversa unida detrás del equipo nacional. Recordó que, esta misma semana, en el parlamento se había mencionado cómo los Socceroos encarnan lo mejor del país: personas de orígenes muy distintos empujando en la misma dirección, y un eco que recorre todo el territorio.

Australia ya no se detiene solo por una carrera de caballos. Se para por un 0-0 en fase de grupos. Por un país entero mirando la misma pantalla. Por unos Socceroos que, otra vez, siguen vivos en un Mundial y obligan a todos a hacerse la misma pregunta: ¿hasta dónde puede llegar este equipo que ya ha aprendido a detener a una nación entera?

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