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Mohamed Salah y la historia de Egipto en el Mundial

En Dallas no solo se decidió una tanda de penaltis. Se escribió un capítulo entero de la historia del fútbol egipcio. Cuando el último lanzamiento de Australia se perdió y el marcador del shootout se cerró en 4-2, Mohamed Salah se llevó las manos al rostro. El capitán de Egipto, estrella en Europa y símbolo absoluto de su país, rompió a llorar. No era un gesto de alivio cualquiera: Egipto acababa de sellar, por primera vez, su billete a los octavos de final de una Copa del Mundo.

El partido había terminado 1-1 en el tiempo reglamentario en Dallas Stadium, con Egipto sufriendo, resistiendo y aferrándose a la tanda como a una oportunidad irrepetible. Salah lo sabía y se lo había repetido a sus compañeros antes de saltar al césped.

“Es historia. Les dije a los chicos que este era el partido de sus vidas y que teníamos que disfrutar cada momento. Estoy muy feliz de haber hecho historia con este equipo”, confesó, visiblemente emocionado, nada más sonar el pitido final.

No hablaba solo como goleador o figura mediática, sino como líder de un vestuario que acaba de derribar su techo de cristal mundialista.

La Panenka del capitán

La noche dejó una imagen destinada a repetirse durante años en las pantallas de Egipto: Salah caminando hacia el punto de penalti, en plena tanda, con el peso de un país sobre sus hombros. Y eligiendo la opción más osada posible.

En lugar de un disparo seco, eligió una Panenka. Un toque sutil, casi insolente, elevando el balón por el centro mientras el guardameta australiano se vencía a un lado. Silencio de un segundo. Estallido de gritos después. Ese gesto, mitad frialdad, mitad desafío, cambió el tono de la tanda.

El propio Salah explicó después esa decisión que, vista desde fuera, rozó la temeridad: “Si alguien iba a hacerlo, tenía que ser yo. Tengo más experiencia que los demás y quería darles confianza. Lo decidí en el último segundo. Tenía que hacerlo”. No fue un capricho técnico, fue un mensaje. Si el capitán se atrevía con eso bajo semejante presión, el resto no podía temblar.

Egipto completó la faena desde los once metros, cerró el 4-2 y convirtió una noche tensa en una celebración histórica. El vestuario, el banquillo, la grada: todos entendieron que no se trataba solo de pasar de ronda, sino de cruzar una frontera emocional que durante décadas había parecido inalcanzable.

Del sueño cumplido al duelo soñado

Ya en la zona mixta, con la adrenalina bajando y las cámaras apuntando a cada gesto, Salah cambió de registro. Del desahogo a la mirada larga. Le preguntaron por los grandes nombres que afrontan probablemente su último Mundial, por el rival que más le gustaría tener enfrente en un escenario grande.

La respuesta ya tiene fecha y lugar. El destino ha querido que la próxima parada de este Egipto valiente sea uno de los duelos más esperados del torneo: el cruce entre la selección de Salah y la Argentina de Messi, este martes 7 de julio en Atlanta Stadium.

El contraste no puede ser más potente. De un lado, una selección que acaba de romper por primera vez la barrera de la fase de grupos. Del otro, la campeona acostumbrada a vivir en las rondas finales, liderada por otro capitán legendario que también juega con el reloj del tiempo encima. Dos generaciones doradas, dos líderes icónicos, un solo billete para seguir vivos en el Mundial de 2026.

Egipto llega con la euforia de quien se siente capaz de todo tras derribar su muro histórico. Argentina, con la obligación permanente de aspirar al título. En medio, Salah, que ya ha demostrado que no teme al peso de la historia ni a la presión del punto de penalti.

La Panenka de Dallas fue un aviso. En Atlanta, el capitán egipcio tendrá otra oportunidad para agrandar una leyenda que ya ha dejado de pertenecer solo a su país.

Mohamed Salah y la historia de Egipto en el Mundial