Messi y la remontada épica: Argentina avanza a cuartos
Durante 80 minutos, el mundo vio a una Argentina irreconocible. Lenta, atascada, dos goles abajo ante Egipto y con Lionel Messi fallando un penalti. Parecía el epílogo amargo de una era. En 13 minutos, el capitán convirtió el drama en una de esas noches que se quedan incrustadas en la memoria del fútbol.
Egipto mandaba 2-0, con Yasser abriendo el marcador y Zico firmando el segundo. Orden, agresividad, un plan perfecto para silenciar a los campeones del mundo. Argentina, en cambio, acumulaba frustraciones. El penalti errado por Messi no fue solo una jugada: fue un mazazo emocional. El reloj corría, el partido se escapaba y la sensación de naufragio crecía.
Hasta que apareció el Messi que define épocas.
El capitán en modo leyenda
La remontada se encendió con una jugada que resume lo que sigue siendo Messi a los 39 años. Pase quirúrgico, asistencia para que Romero marque el 2-1 y devuelva el pulso a un equipo que parecía sin aire. Un destello, y de pronto el miedo cambió de camiseta.
El empate llevó su firma. Gol de Messi, el número 21 en un Mundial, cifra que agranda una estadística ya descomunal y, sobre todo, cambia el guion de un partido que se inclinaba hacia la tragedia deportiva. El capitán no se escondió tras el penalti fallado: pidió la pelota, mandó, conectó líneas, arrastró rivales. Impuso su ley.
Argentina, herida y desatada, olió sangre. Egipto, que había manejado el partido con autoridad, empezó a retroceder. Cada ataque albiceleste cargaba con el peso de la historia y el miedo del rival. El estadio vibraba con cada toque del número 10, que jugaba con una mezcla de urgencia y lucidez.
Lautaro, Fernández y un final de locura
Cuando el partido se encaminaba a la prórroga, llegó el golpe definitivo. Centro de Lautaro Martínez en el minuto 92, y Fernández aparece para firmar el 3-2 y desatar el delirio. Tres goles en 13 minutos. De 0-2 a 3-2. De la eliminación virtual a los cuartos de final.
Messi, entre lágrimas y ovaciones, se convirtió de nuevo en el eje emocional de un país. No hizo falta levantar una copa para entender lo que significó esta remontada: carácter, orgullo, resistencia. La imagen del número 10 quebrado por la emoción, rodeado por sus compañeros, es el resumen perfecto de una noche que rozó el abismo y terminó en éxtasis.
Egipto salió del campo entre rabia e impotencia. El seleccionador y su cuerpo técnico estallaron contra el arbitraje y denunciaron racismo, convencidos de que las decisiones del colegiado habían condicionado el encuentro. La furia egipcia contrastó con el desahogo argentino, pero no logró empañar la sensación de haber presenciado un partido de época.
Argentina ya mira a Suiza
El premio a esta resurrección es una plaza en cuartos de final, donde espera Suiza. Los helvéticos llegan tras ver cómo Colombia se les atragantaba hasta los penaltis, resueltos por 4-3. Un aviso claro: no será un trámite.
Argentina, sin embargo, aterriza en esa cita con algo que no se compra ni se entrena: la certeza de que, aun al borde del desastre, conserva la capacidad de cambiar un partido con una ráfaga de fútbol y personalidad. Mientras Messi siga siendo capaz de girar un encuentro con un pase y un disparo, cualquier pronóstico se queda corto.
La pregunta ya no es cuánto le queda al 10. La verdadera incógnita es hasta dónde puede llevar, una vez más, a esta selección que se niega a despedirse en silencio.





